Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

El Salvador, mi hogar

Es motivo de gran alegría recordar cuando niños (hace 50 años), aquellos momentos de juegos en parques de la colonia o el barrio, la escuela, los amigos; el primer y único amor; sueños de lo que llegaríamos a ser cuando grandes. Qué afortunados fuimos, en verdad, por haber crecido en una buena época, cuando podías caminar y jugar con tranquilidad en los parques de la ciudad. Ahora en la adultez, cuando el tiempo ha pasado y fuimos capaces de alcanzar nuestros sueños, han llegado los hijos, revivimos nuevamente las esperanzas de continuar soñando con ellos, disfrutando de lo que han logrado, con su propio esfuerzo, y lo que les falta por lograr. Pero es mayor la alegría cuando al reconocer sus éxitos, obtenemos por respuesta que "tú has sido la fuente de inspiración", "tu ejemplo" padre y madre, diciéndolo con sinceridad y amor.

Muy seguro estoy que esta es la memoria de muchos padres y madres salvadoreños, que han cumplido con su deber de contribuir con El Salvador, nuestro hogar; criando niños y jóvenes de bien, educados en valores, con temor a Dios, muchachos y señoritas admirables, con gran potencial. Pero lamentablemente también poder asegurar que hay otros niños y jóvenes que no han tenido la misma suerte, y son esos pocos los que ahora tienen a El Salvador, nuestro hogar, viviendo una historia diferente, de violencia y terror.

Ahora me pregunto: ¿qué se puede hacer?; aún albergo esperanza cuando conozco la historia de otros países y ciudades como Londres, Nueva York, París, lugares que vivieron momentos de decadencia y pobreza, pero lograron romper ese círculo de terror. ¿Qué hicieron ellos que no podamos nosotros? Supongo, en primer lugar, que se dieron cuenta todos, buenos y malos ciudadanos, políticos y militares, productores y empleados, que tal caos no llevaría a otra cosa que a convertir a todos los habitantes en perdedores, que los sueños de muchos niños y jóvenes no se harían realidad, sus propios hijos estarían destinados a vivir fracasados y alejados de toda posibilidad de progreso.

En todos estos años he corrido muchos riesgos en búsqueda de mejores oportunidades para posibilitar los sueños de mi familia, y mientras escribo estas líneas me doy cuenta que para salir de este atolladero, necesitamos todos correr nuestros propios riesgos: en primer lugar a quienes están sembrando terror por medio de asesinatos y extorsiones les demandamos que corran el riesgo de dejar de hacerlo, les digo que solo los cobardes viven a costa del temor ajeno. A los funcionarios públicos les demandamos que corran el riesgo de gobernar honestamente, les digo que solo los ineptos viven a costa del dinero ajeno. A los religiosos les demandamos que corran el riesgo de predicar la palabra de Dios en calles y plazas, porque las iglesias son muy pequeñas para albergar a siete millones de salvadoreños. A los militares les demandamos que corran el riesgo de cuestionar el trabajo de los políticos, porque la Patria les exige "vencer o morir". A los productores les demandamos que corran el riesgo de compartir sus logros, porque los buenos trabajadores lo merecen. A los trabajadores les demandamos que corran el riesgo de no darse por vencidos, continúen cumpliendo honestamente, porque todo esfuerzo tiene recompensa. A Todos los demás les demandamos arriesgarse a expresarse fuerte y contundentemente; acompáñenme, para que El Salvador, nuestro hogar, sea un lugar donde podamos vivir tranquilos y progresar.