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La salud de la Tierra depende de nuestra salud moral

El pensamiento ecológico del papa Francisco advierte muy bien el error de ecologismos erróneos, falsos. “En un extremo -–escribe--, algunos sostienen a toda costa el mito del progreso y afirman que los problemas ecológicos se resolver

"Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos”. Esta frase  que el papa Francisco grava a fuego en su encíclica ecológica, no tiene discusión posible, es una dura realidad que todos sufrimos, algunos con indiferencia, otros con pesimismo, otros con el dolor de amor que no se resigna, porque, aunque difícil, eso tiene solución.

Francisco  añade: “El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos, y no podremos afrontar adecuadamente la degradación ambiental si no prestamos atención a causas que tienen que ver con la degradación humana y social”. Y ahí está la esencia del problema, porque no es la agricultura ni la industria, ni los avances tecnológicos, que en sí son algo bueno y necesario, los causantes de esa degradación, sino el espíritu que predomina en ellos en tantos casos, espíritu de soberbia, de avaricia y de desprecio por el “daño colateral”,  causado especialmente sobre los más pobres. Y es que “un verdadero planteo ecológico se convierte siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres”.

El pensamiento ecológico del papa Francisco advierte muy bien el error de ecologismos erróneos, falsos. “En un extremo -–escribe--, algunos sostienen a toda costa el mito del progreso y afirman que los problemas ecológicos se resolverán simplemente con nuevas aplicaciones técnicas, sin consideraciones éticas ni cambios de fondo. En el otro extremo, otros entienden que el ser humano, con cualquiera de sus intervenciones, sólo puede ser una amenaza y perjudicar al ecosistema mundial, por lo cual conviene reducir su presencia en el planeta e impedirle todo tipo de intervención”. Por el contrario: “un retorno a la naturaleza no puede ser a costa de la libertad y la responsabilidad del ser humano, que es parte del mundo con el deber de cultivar sus propias capacidades para protegerlo y desarrollar sus potencialidades”.

Por eso insiste: “No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos”. 

“Especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros. Dejamos de advertir que algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanidosamente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos”.

Y ahí aparece, sin nombrarla, la fea cara de la cultura de la muerte cuando escribe: “En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de «salud reproductiva». Pero, «si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario»”. 

“Por otra parte -–señala Francisco--, cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esa fraternidad. Por consiguiente, también es verdad que la indiferencia o la crueldad ante las demás criaturas de este mundo siempre terminan trasladándose de algún modo al trato que damos a otros seres humanos. El corazón es uno solo, y la misma miseria que lleva a maltratar a un animal no tarda en manifestarse en la relación con las demás personas. Todo ensañamiento con cualquier criatura «es contrario a la dignidad humana”.

*Dr. en Medicina.
Columnista de El Diario de Hoy.
luchofcuervo@gmail.com