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La sabiduría de la humildad

Inmerso en la politiquería diaria, el gobierno está jugando con fuego con el tema de la salud pública. Ante las pruebas irrefutables de que el país no estaba listo para enfrentar la chikunguña --evidentes en la incontrolada expansión del virus que ya alcanza varias decenas de miles de víctimas-- el Ministerio de Salud ha reaccionado de dos maneras. Por un lado, sigue insistiendo en que se ha controlado hasta donde se podía hacer, y por otro se excusa por no haberlo hecho culpando a la falta de presupuesto. La baja incidencia del virus en los países vecinos demuestra palpablemente que era posible controlarlo del todo. La falta de presupuesto no es una defensa sino una acusación al gobierno entero por la falta de priorización de los gastos hacia una enfermedad que está causando muchos sufrimientos a la población mientras se priorizan otros gastos que son banales o que representan puro desperdicio.

Y no es que la epidemia no haya dado tiempo al gobierno para prepararse y enfrentar el arribo de la enfermedad. Los organismos internacionales de salud emitieron alarmas sobre el virus en diciembre de 2013 y la enfermedad arribó en marzo-abril de 2014, dando un tiempo más que razonable para que, al igual que los países vecinos, El Salvador pudiera haberse preparado. Ahora mismo, en el paroxismo de la epidemia, el gobierno ha tomado una actitud pasiva, como si nada pudiera hacerse excepto recibir a los pacientes en los hospitales, cuando les es posible recibirlos, y quejarse de la falta de materiales y medicinas, como si eso fuera un problema que no tiene solución. Por la falta de acciones de prevención en este mismo momento, la epidemia sigue en su fase de expansión sin ningún impedimento. Todavía ha llegado a su máximo de número de casos nuevos.

Este comportamiento es fuente de gran intranquilidad ante la amenaza actual del ébola, que el gobierno ha estado viendo con gran despreocupación, afirmando que el país está listo para afrontarla. La falta de capacidad para afrontarla se evidenció desde el principio, cuando buscó voluntarios para ir a África a combatir la epidemia, sin darle el más mínimo pensamiento a dos hechos que apuntaban a que no era prudente enviarlos. Primero, que aquí estaba reventando una epidemia de chikunguña, que venía a complicar la presencia endémica del dengue. El mandar médicos salvadoreños cuando en nuestro país, que no tiene suficientes, los necesita urgentemente desde ya, y puede necesitarlos mucho más si Dios guarde arriba el ébola, es una muestra de una falta de estrategia de salud. Segundo, como lo demuestran varios de los casos en los que el ébola ha traspasado las fronteras de África, los trabajadores mismos de salud se convierten en portadores del virus a sus países de origen. Esto lo pueden manejar países como Estados Unidos y España pero no uno como El Salvador, en donde no hay ni siquiera suficientes trajes aislados y en donde no hay equipos entrenados para enfrentar ni siquiera un caso.

Otra evidencia peor es que El Salvador no ha construido hospitales de campaña que son la única manera que un país subdesarrollado tiene para enfrentar la crisis. En países así, los hospitales se convierten en focos de diseminación de la enfermedad, que se pasa a través del contacto con los fluidos vitales. Por eso es mejor crear centros especializados, aislados del resto del sistema de salud y de la población, para tratar estos casos. Esto fue parte de lo que hizo Nigeria, que a pesar de estar relativamente cerca del foco del ébola y de ser un país con mucha pobreza logró aislar los casos que tuvo hace unas semanas. Ahora está declarado como país libre del ébola.

Allí sí se prepararon. Armaron hospitales de campaña, usaron medios electrónicos para localizar víctimas que se habían escapado del sistema de salud, entrenaron rápidamente equipos para manejar la epidemia. Y no les dio pena decir al principio que no estaban preparados. El haberlo reconocido es lo que los llevó a mejorar sus métodos y trabajar eficientemente. Ojalá el gobierno salvadoreño reconozca que las epidemias no se manejan con estrategias mediáticas, sino con estrategias médicas.

*Máster en Economía,

Northwestern University.

Columnista de El Diario de Hoy.