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Sabiduría ancestral africana

El lunes pasado cedí la palabra a un joven señor del desierto africano. Hoy cedo la palabra a una mujer de Kenya, para que se conmuevan con la sabiduría que existe en las mujeres de esa cultura primitiva. Las citas son de El río y la fuente. Cuatro historias de mujer en Kenia. Margaret A. Ogola. Edit. RIALP.

En esa cultura, se adoraba a Were (el Dios del sol naciente) y Chik era la ley moral que regía la vida de todos.

Así se presenta una novia al jefe de la tribu de su futuro marido: "Yo, Akoko Obanda, Nyar Yimbo, vine a la hacienda de Owuor Kembo, el jefe, con la inocencia de una adolescente de diecinueve años. Hasta entonces sólo recibí las enseñanzas de Chik, nuestra tradición, para comportarme como una mujer de intachable estirpe. Ni mi padre ni mi madre me llevaron jamás a lugares oscuros, con el fin de aprender a conjurar hechizos o combinar pociones eróticas para atraer con trampa el corazón de los hombres. Por el contrario, me enseñaron que el mejor modo de conservar el amor de un hombre era el trabajo de mis manos y las palabras de mi boca".

Nyabera ha perdido a su primer hijo. Sabe muy bien que el vínculo entre madre e hijo es único, innato, y sólo se revela, con toda su fuerza primigenia, cuando madre o hijo se encuentran en peligro, ya que el hijo reposa durante meses en las entrañas de su madre y el primer sonido que oye es el latido del corazón de la madre, y es la suya la primera voz que el bebé reconoce. Akoko le habla así a Nyabera: "Llora, hija mía. A un hijo no se le entierra sin una parte de nosotras mismas. Es bueno llorar pues, ¿quién puede comprender los caminos de Were? Los hombres debemos lavar con lágrimas el dolor de lo que no entendemos, y continuar viviendo; quizás todo esto tenga un sentido, aunque sólo veamos algo de su fugaz brillo, como el de la libélula en lo oscuro de la noche. ¿Quién sabe si Were te concederá un hijo que viva y crezca fuerte? Ayer no es hoy ni hoy es mañana: cada día surge nuevo de las manos de Were, dios del sol naciente, trayendo consigo alegrías y penas, luz y oscuridad, las dos caras. ¿Quién puede apreciar la luz sin conocer la oscuridad? Llora, hija mía, no guardes tu pena dentro, porque se convertirá en serpiente que te devore las entrañas".

Cuando reciben la fe cristiana, comprueban que son muy pocas las cosas que tienen que cambiar o dejar en su moral, entre ellas la poligamia, que tenía más sentido social y económico que sexual, porque toda novia venía con una dote importante de tierras y ganado. Muy distinto será cuando llega la anticultura de la salud sexual y reproductiva. Escribe la autora: "El clima moral de aquella época era tan estricto que un hombre jamás se hubiera atrevido a algo más que hablar y mirar con ojos tiernos a la mujer de sus sueños. Ésta se limitaba a responder con palabras o con un apretón de manos; en el caso de considerarlo muy especial, quizás le permitiera mantener su mano entre las suyas durante unos segundos más. Ir más lejos en las manifestaciones de afecto era impensable. No se admitían las relaciones sexuales antes de casarse, y un hijo fuera del matrimonio era sólo producto de una pesadilla, nunca la realidad cotidiana. Nadie podía prever entonces que, a los quince años escasos, el vaivén de los años sesenta pudiera erosionar la moral del mundo entero, arrastrando en su torbellino una ola de madres solteras y una multitud de mujeres de mediana edad bregando con múltiples nietos medio abandonados por sus hijas, que se habían marchado de casa para instruirse o para rehacer sus vidas, destrozadas por un prematuro embarazo".

Saquen lectoras y lectores sus conclusiones. Para mí están muy claras.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com