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Saber encontrar aquello que humaniza

Vivimos en medio de un progreso tecnológico incansable. Cada día se anuncia y se vende un nuevo artefacto maravilloso o una mejora de alguno de los ya existentes. Todos estos medios de comunicaciones actuales, entre distancias y tiempos y entre personas mismas, nos separan radicalmente de los pasados siglos. Vivimos, gracias a ellos, de un modo más fácil, más cómodo, y más rápido. Todo esto es un bien muy grande pero tiene también su lado oscuro, cierta facilidad para deshumanizarnos. ¿Qué es lo que perdemos con este nuevo modo de vivir, al día, deprisa, con pensamientos y acciones casi automáticos? Nada menos que vivir, observar, contemplar y saborear, despacio, la grandeza y belleza de nuestra vida, la de la naturaleza, y muy especialmente la de las cosas, ambientes y situaciones cotidianas, esas que, a fuerza de tenerlas tan cerca, no reparamos en ellas.

Algo de eso ya lo señalé en mi artículo sobre la vida de los tuaregs y su disfrute gozoso de su vida en el desierto, aparentemente pobre y monótona. En una novela de Ray Brabury, El vino el estío, el abuelo increpa a un joven que quiere cambiar el césped corriente por uno nuevo que no necesita ser cortado cada cierto tiempo. "-Bill, cuando tenga usted mis años, descubrirá que las cosas pequeñas, las alegrías pequeñas, cuentan más que las grandes. Un paseo en una mañana de primavera es preferible a un viaje de cien kilómetros en un coche que corre a saltos. ¿Sabe por qué? Porque en el paseo hay aromas, cosas que crecen".

La escritora italiana, Susanna Tamaro, le dice a un amigo que tiene de todo y se siente vacío: "El primer día que haya sol coge la mochila y vete a solas a caminar por la montaña. Sube mucho y, al subir, mira a tu alrededor, observa los brotes en los árboles y la hierba nueva que va brotando debajo de la vieja. Escucha el canto de los pájaros, las cascadas de notas que bajan desde lo alto de las frondas, escucha la brisa ligera y mira como las estrellas ceden su sitio a la luz y como la luz nueva día acaricia las cosas alrededor volviéndolas nuevamente vivas. ¡Y después?, me preguntó mi amigo. Después nada más, le contesté. Parecía decepcionado. -Ya sé que en primavera ocurren esas cosas, no hace falta que las vaya a ver. Y se marchó descontento y sombrío como había llegado".

Ni la ciencia ni la tecnología nos hacen más humanos, salvo que sepamos domesticarlas y ponerlas al servicio de lo que nos es más propio de nuestra naturaleza espiritual, cuya inteligencia y voluntad están hechas para la verdad y la bondad que la vida nos ofrece constantemente. Ya sólo el mundo de la naturaleza que nos rodea nos habla de la belleza y bondad de todo lo que vive, incluyendo lo que está en germen, en silencioso desarrollo. Todos los que aceptan sin el reproche de sus conciencias el aborto de seres humanos en sus primeras horas o días de vida, padecen de esa ceguera. No saben maravillarse con la belleza y el portento que encierra todo el desarrollo embrionario de nuestras vidas. Son ciegos que no ven los fuertes vínculos que unen siempre a la belleza con la verdad y con el bien, pero gran parte de la sabiduría humana está en saber pasar de una de ellas a las otras dos. San Agustín al convertirse a Dios, al hacerse cristiano, descubrió que en todas las cosas habla la voz de Dios, se trasparenta la luz de su verdad, su bondad y su belleza.

San Josemaría, el santo de lo cotidiano, también tenía esa sabiduría y en su homilía, "Amar el mundo apasionadamente", nos anima a llegar a la cumbre de ella diciéndonos: -Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir.

*Dr. en Medicina.

Columnista de El Diario de Hoy.

luchofcuervo@gmail.com