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Sábado en el parque

Lo del sábado 5 de septiembre, no fue el final de un proyecto. Podría ser más bien el comienzo de algo mayor o la simple expresión espontánea de un momento y que no trascienda a más

La movilización del sábado pasado en el redondel Masferrer, más allá del simplista debate del número de personas que asistieron, merece una lectura sin prejuicios. La cantidad de personas asistentes fue suficiente para generar adhesiones y ataques, aplausos e insultos, preocupaciones y esperanzas. 

Lo primero a destacar es que la del sábado fue una movilización que muestra la capacidad de convocatoria que a través de redes sociales tienen hoy en día los movimientos ciudadanos espontáneos en el mundo. Las concentraciones partidarias más que capacidad de convocatoria lo que expresan es capacidad organizativa para movilizar a miles de personas.

Cuando un partido político realiza un acto con una participación de personas capaz de llenar un estadio de fútbol, invierte una fuerte suma de dinero en transporte, pancartas, mantas, bebidas y alimentos. Además supone una costosa inversión publicitaria previa y un cuidadoso esfuerzo logístico de decenas de cuadros partidarios.

La movilización del sábado no fue convocada por una organización en particular, ni hubo buses acarreando gente, ni nadie le pagó a nadie, ni hubo campos pagados en los grandes medios. Los que participaron fueron porque quisieron, incluso desafiando cierta guerra sicológica desde el poder. Decir que el evento fue organizado por “la derecha” oscila entre lo simplista y lo manipulador.

No existe en realidad un ente formal con sede, estatutos, fondo común y con directores y bases que se llame “la derecha” como tampoco existen otros que se llamen “la izquierda” o “el centro”. Esas son solo perezosas formas de clasificar y agrupar de manera vaga y con ciertas evocaciones topográficas a grupos humanos por su identidad ideológica.

Existen, desde luego, partidos políticos, cámaras, sindicatos, empresas, clubes o cualquier otro tipo de organización identificada con tal o cual ideología. Pero que se sepa ningún partido, ni gremios ni club organizó la movilización del sábado. Me parece que todo comenzó como en Guatemala hace unos meses o en Egipto hace unos años: con comentarios de usuarios reales en las redes sociales.

Lo del sábado 5 de septiembre, no fue el final de un proyecto. Podría ser más bien el comienzo de algo mayor o la simple expresión espontánea de un momento y que no trascienda a más. Mucho dependerá del desempeño de la clase política organizada en partidos. 

Traigo a la memoria lo que sucedió aquí en los años setenta. Llegó un momento, tras las cuestionadas elecciones de 1972, que la ciudadanía percibió que los partidos políticos no servían para realizar los cambios que demandaba. El partido de gobierno se aferraba al status quo y la oposición partidaria era, por una u otra razón, incapaz de modificar la situación.

Buena parte de la población, sobre todo los jóvenes, hizo a un lado a los partidos y engrosó las organizaciones de masas a pesar de la brutal represión. Desde el poder se dijo, cuando las manifestaciones eran espontáneas y ralas, que eran una chusma sin importancia. Pero rápidamente los indignados de la época pasaron a ser miles organizados. Multitudes en las calles. Aquellos eran tiempos sin redes sociales.

Tiempos cuando desde el poder se respondía a balazos y la respuesta fue también a balazos: la guerra. La cosa hoy es distinta. Por fortuna no hay ni debe haber violencia política ni desde el poder ni desde los que lo cuestionan. Los momentos son diferentes y las formas que adquiere el descontento también.

Nuestro sistema de partidos es todavía robusto. Tanto el partido en el gobierno como ARENA son institutos fuertes. Pero lo ocurrido el sábado debe poner a sus dirigentes y cuadros pensantes a reflexionar. Si hay un desencanto con los que llegaron para cambiar las cosas, y si no se siente representada por la oposición partidaria la gente buscará otras formas para expresar su protesta y sus propuestas.

Y cuando esas expresiones son atacadas, no importa cómo, solo tienden a crecer, a veces de manera tan vertiginosa y potente hasta derribar el dique que pretende detenerlas. Esta dinámica no es cuestión de izquierdas y derechas. Es una constante histórica en la relación entre los que gobiernan y los gobernados.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com