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La ruleta rusa

Fue como si a la confrontación electoral de los últimos meses le hubieran puesto pausa. Por una vez hubo un pequeño respiro en el que muchos ciudadanos, a pesar de no necesariamente compartir ideologías, estuvimos de acuerdo. Coincidimos, tras ver la conferencia de prensa coreografiada que nos habían vendido como debate, en un par de cosas: la primera, que quizás nuestro tiempo habría sido mejor empleado viendo los Globos de Oro, y la segunda, en la pregunta exclamada con la histeria de la desesperación, "somos millones de salvadoreños, ¿en verdad estos cinco candidatos son lo mejor a lo que podemos aspirar?"

Algunos ciudadanos únicamente irán a votar movidos por la obligación cívica del artículo 73 de la Constitución, que menciona como los deberes del ciudadano el ejercicio del sufragio. Sin embargo, también inspirados por otro artículo (el 273 del Código Electoral, que obliga al Tribunal Supremo Electoral a declarar nula la elección si los votos nulos superan a los válidos), han anunciado que prefieren anular su voto que legitimar a cualquiera de los candidatos.

Algo de razón tienen: no vaya a ser que de manera equivocada los candidatos interpreten los votos a su favor como un aplauso a sus campañas carentes de propuestas. Sin embargo, la cantidad de votos duros de cada partido reduce este artículo del Código Electoral a una buena intención hecha ley. El voto duro no es un voto pensante --es un voto que nace de la lealtad y del rebañismo-- se mantendría estático aunque el candidato fuera una piedra pintada de los colores del partido, como tantas que hay camino al aeropuerto internacional de Comalapa. A diferencia del voto duro, estos que han hecho el ejercicio intelectual de comparar las propuestas y candidatos como para asquearse, son un voto pensante. Anulando su voto, dejan la elección en manos de aquellos que elegirían a una piedra.

"¿Y cómo llegamos hasta aquí, a esta ruleta rusa electoral?", podríamos preguntarnos mientras le compartimos con resignación a nuestros igualmente frustrados contactos la acertada caricatura reciente de Otto Meza, que muestra un revólver con el tambor abierto cargado con cinco balas pintadas de los colores partidarios de cada contendiente. El trago amargo es que no llegamos aquí de repente, por sorpresa y de manera inesperada. Este camino lo ayudamos a construir nosotros y somos tan cómplices como las autoritarias cúpulas (partidarias y económicas) que con el dedo señalan al próximo candidato a pesar de que en la mesa se queden perfiles mejor preparados.

Y nos asquea la oscuridad del matrimonio entre dinero y poder que significa ALBA, y nos asquea la promesa inconstitucional de militarizar la seguridad y resolver los problemas sociales con violencia estatal, y nos asquea el cinismo de que alguien que nunca rindió cuentas venga ahora a hablar de transparencia. Pero también debería asquearnos que nunca fuimos demanda seria ante esta oferta electoral y que los pininos en organización y protesta ciudadana que dimos fueron sólo hasta que estaba ya alineado el pelotón de todos los partidos para fusilar nuestra democracia a través de inconstitucionalidades y ataques al órgano judicial. Y antes de eso, tan tranquilos: acostumbrados a participar de vez en cuando, dándole like a alguna causa noble o retuit a un "profundo" planteamiento político. Las estructuras de poder y sus intereses políticos no van a cambiar. En cinco años estaremos ante otra ruleta, nuevamente con la sensación de quien se está jugando todo. Si tanto asco nos da, la única opción es que cambiemos nosotros.

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg