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Rubén Darío en San Salvador, o bellaquerías tras la puerta

El poeta nació en Metapa (ahora Ciudad Darío), municipio del departamento de Matagalpa, Nicaragua el 18 de enero de 1967. Sus años adolescentes y juveniles estarían estrechamente ligados a El Salvador

El paso de Rubén Darío por El Salvador está marcado por acontecimientos que, vistos en perspectiva histórica, cambiaron de manera radical una biografía tan llena de vicisitudes como la del poeta, nicaragüense primero y, ahora, poeta de la humanidad.

A menos de dos meses en que se va a conmemorar el Primer Centenario de la muerte del bardo, acaecida el 6 de febrero de 1916, cabe recordar algunos episodios de lo que significó para Rubén el haberse mezclado y compartido experiencias con salvadoreños de diversa condición que, literalmente, reorientaron su vida.

Aparte del prodigioso y precoz talento literario que poseía, según muchos de sus biógrafos, Rubén era,  y siempre lo fue, aún ya adulto, un niño de corazón sensible, romántico y, sobre todo, enamoradizo.

Su ingreso al gineceo universal, a ese inmenso aposento de mujeres que en el mundo ofrecen no sólo las irresistibles mieles de sus cuerpos y caricias, sino también el lado blanco, espiritual del amor puro, fue muy temprano. Con apenas siete años, ya entonces un consumado don Juan, fue sorprendido por su maestra haciendo “bellaquerías tras la puerta” --como lo había dicho Góngora, poeta del Siglo de Oro Español--, con una también precoz y coqueta chiquilla. La debilidad por las mujeres y el alcohol, fueron la constante en la vida de Rubén, ya por entonces ornado por la fama de su poesía en todo el Istmo, donde se le conocía como “El Poeta Niño”.

En 1882, cuando aún no cumplía los quince años, enamorado de Rosario Murillo,  informa a sus amigos que va casarse. Estos tratan de disuadirlo, sin éxito, por lo que reúnen dinero y lo llevan a un barco que zarpaba del puerto de Corinto hacia El Salvador. En este país lo acoge con sumo afecto el presidente Rafael Zaldivar quien, era ya conocedor del prestigio que precedía al joven. Cuenta Rubén en su “Autobiografía”, que una vez en San Salvador, el cochero que lo transportaba le preguntó que a cuál hotel quería que lo llevara, a lo que él contestó: “¡Al mejor!”. No recuerda cuál fue, pero pertenecía a un barítono italiano, de apellido, Petrilli, famoso, dice Rubén, por sus “macarroni y su vino moscati espumante”, sic. y las bellas damas que allí cantaban.

Días más tarde el presidente Zaldivar le concedió audiencia  y con  paternal bondad le ofreció su protección. Poco después recibió la visita del director de Policía quien, en nombre del presidente, le entregó quinientos pesos de plata. ¡Quinientos pesos de plata! Exclama el adolescente, flaco y de larga cabellera, que en sus alocados desvaríos pensaría: ¡Pues vengan ahora macarroni, moscati espumante y mujeres bellas!

De inmediato invitó a otros poetas jóvenes que le hacían coro y que, como él, deben haber consumido por litros el “moscati” y devorado por arrobas el “macarroni”.

A altas horas de la noche la embriaguez y “Belcebú” le encaminaron a la habitación de la diva mayor que residía en el mismo hotel. Recuerda que al día siguiente se levantó deprimido, lleno de remordimientos y con los bolsillos huérfanos de pesos, lo cual era empeorado por la cara del hostelero que acusaba el suceso de graves cosas.

Llegó de nuevo el director de Policía y con gesto severo le dijo: “Por orden del señor presidente arregle sus maletas y sígame”.

Obedeció el joven y fue llevado hasta el colegio que dirigía un hombre de letras a quien sólo identifica como el doctor Reyes. El policía indicó a este que por orden del presidente Zaldívar diera alguna ocupación de provecho al joven y le advirtió que, por ningún motivo, debería dejarlo salir, además de tratarlo con severidad.

El buen maestro, de continente suave y comprensivo, le confió al chico la clase de gramática. Rubén enseñó no sólo esa disciplina, sino también los misterios del magnetismo acompañado de pases mesméricos lo cual provocaba verdaderas revoluciones dentro el aula.
 
Al ser liberado del colegio, por voluntad de Zaldivar, Rubén volvió a las calles de San Salvador donde  se encontró con sus antiguos amigos y con ellos se sumerge en la más dionisíaca de las bohemias. Nunca pudo, por razones que Rubén no recuerda, recuperar el favor del presidente.

Pero no todo será jolgorio  en las distintas épocas que vivió en  esta capital.  Aún tiene el poeta que enamorarse una y otra vez, ser obligado a casarse a punta de pistola, verse en medio de un golpe de Estado, superar una temible enfermedad que le pone en trance de muerte y, además, incurrir en su afortunado encuentro con el insigne salvadoreño, Francisco Gavidia, como veremos más adelante.

*Periodista.        rolmonte@yahoo.com