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De la RSE a la “RIT”

La empresa privada en El Salvador invierte tres mil millones de dólares anuales para producir, mantiene seiscientos mil empleos formales y, mediante impuestos, paga los salarios, alimento, vestido y gustitos

Recientemente hubo en nuestro país un importante evento sobre Responsabilidad Social Empresarial (RSE). Soy una convencida de los inmensos beneficios que mediante estas prácticas se logran, tanto en mejoras dentro de cada empresa, como de su entorno. Lo más interesante es que los programas que se implementan pueden ser muy sencillos o muy complicados, dependiendo de la envergadura de cada empresa, pero todos ellos requieren de tres elementos imprescindibles: compromiso, compromiso y compromiso. Es decir: la dirección de cada empresa debe estar absolutamente comprometida en realizar el programa propuesto, o este fracasará.

La empresa privada en El Salvador invierte tres mil millones de dólares anuales para producir, mantiene seiscientos mil empleos formales y, mediante impuestos, paga los salarios, alimento, vestido y gustitos de una clase burocrática cada vez más numerosa e inepta. Y, como si todo eso fuera poco, destina seiscientos treinta y tres millones de dólares anuales en programas de RSE, con énfasis en educación, combate a la desnutrición infantil, salud, medio ambiente, desarrollo local, etc. Y todo eso puede realizarlo porque, en cada empresa, se lleva una estricta contabilidad de cada programa, no solamente en cuanto a cada dólar y centavo invertido, sino, principalmente, en relación a los resultados obtenidos, lo que permite mejorarlos cada vez más, así como enfocarlos en áreas donde, dicha inversión, dará mayores frutos.

Sin embargo, es mi sentir que ya la RSE está lo suficientemente madura para adicionar un objetivo más allá de los aquí mencionados; no porque estos ya no sean necesarios, sino porque nuestro país únicamente podrá desarrollarse si, definitivamente, implementamos la “RIT”: la RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL TOTAL. Mientras cada salvadoreño no asumamos el compromiso de ser arquitectos de nuestro propio destino, continuaremos cada vez peor.

Desafortunadamente, nos hemos convertido en pordioseros, siguiendo el penoso ejemplo de nuestro (des)gobierno, que pide a USA buen trato para nuestros migrantes ilegales, en vez de componer nuestra situación nacional para que todos podamos vivir en nuestro suelo; que obliga a las telefónicas a implementar sistemas que incomunicarán a los reos –-pero también a todos los pobladores aledaños-–  en vez de controlar en las cárceles el ingreso de ilícitos; que nos dice a los ciudadanos que la seguridad “es responsabilidad de todos”, mientras ellos no hacen nada, y muchos ejemplo más. Esperan que otros resuelvan los problemas que son exclusivas obligaciones gubernamentales.

Igual está sucediendo con la población: “otros” tienen el deber de resolver el problema de cada quien. No como a mi generación, o la generación de mis padres y abuelos, donde cada uno asumía totalmente el alcanzar su bienestar y afrontar las consecuencias de sus actos.

Me atrevo a sugerir que esas empresas, que calladamente, día a día, sin desfallecer, ejecutan con tanto éxito sus programas de RSE, implementen unidas, mediante un solo programa y objetivo, que cada uno de los beneficiados de dichos programas se gradúe también en “RIT”, que se les infunda un ferviente deseo por convertirse en ciudadanos ejemplares, que se les despierte el patriotismo dormido y que tengamos, en el mediano plazo, una generación de salvadoreños enraizados, no solamente en este amado terruño, sino en los valores que, un día, nos hicieron grandes: el amor al trabajo, el respeto, el honor, el cumplimiento de la palabra dada y la aspiración a la excelencia.

La empresa privada, indudablemente, SÍ puede lograrlo.


*Columnista de El Diario de Hoy.