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El Rosario: Devoción y arma infalible

El Rosario es una manera sencilla y efectiva de acercarnos a Jesús, de agradar a la Santísima Virgen y fortalecer nuestra fe. Pero también es un arma poderosa, cuya fuerza ha detenido hecatombes y librado a los fieles de guerras

Los católicos conmemoramos, cada 7 de octubre, a Nuestra Señora del Rosario, dedicando todo el mes, de manera especial, a promover la devoción de esta oración que la Virgen María, personalmente, en cada una de sus apariciones, recomienda que sea parte principal de nuestras diarias actividades.

Según datos publicados por “Primeros Cristianos” hace varios años, los antecedentes históricos del Rosario --que significa “corona de rosas”--, se remontan a la era en que las mujeres cristianas, que serían martirizadas por su fe, marchaban por el Coliseo vestidas con sus ropas más vistosas y con sus cabezas adornadas de coronas de rosas, como símbolo de alegría y de la entrega de sus corazones al ir al encuentro de Dios. Por la noche, los cristianos recogían sus coronas y por cada rosa, recitaban una oración o un salmo por el eterno descanso del alma de las mártires.

Ya en la Edad Media, quienes no sabían recitar los 150 salmos del Oficio Divino, como era costumbre, los sustituían por 150 Avemarías. Para contarlas, utilizaban decenas de nudos hechos en lazos, meditando la vida de la Virgen.

Se afirma que el Rosario, en su estructura actual, es obra de Santo Domingo de Guzmán, inspirado por Santa María Virgen; él contribuyó no solamente a su formación, sino a su propagación por el mundo. A finales del Siglo XV los dominicos Alain de la Rochelle en Flandes, Santiago de Sprenger y Félix Fabre en Colonia, dieron al Rosario una estructura similar a la de hoy, rezando cinco misterios, cada uno compuesto por un Padrenuestro y diez Avemarías. Los misterios los dividieron en gozosos, dolorosos y gloriosos y San Juan Pablo II añadió los misterios luminosos. Así, mediante el rezo diario del rosario, durante cada semana, transitamos por la vida de Jesús en compañía de Su Madre Santísima.

León XIII, en 1893, diagnosticó tres causas principales que originan la insatisfacción y la violencia en la humanidad: el disgusto por una vida sencilla y laboriosa, la repugnancia al sufrimiento de cualquier tipo y el olvido de la vida futura. Consideró tan graves esas raíces que las calificó como “demonios”, y recomendó que se ofrezcan los misterios del Rosario para combatirles. Enseña que, al nombrar al demonio, tenemos más poder sobre él y podremos vencerle. Asegura que el demonio de nombre “pereza” y “desagrado por el trabajo duro”, será vencido por los misterios gozosos de la vida del Señor; que el demonio de nombre “rechazo de cualquier sufrimiento” y “resentimiento por la cruz”, se irá por los misterios dolorosos de la vida de Jesús, y el demonio cuyo nombre es “olvido de los cielos” y “obsesión por el mundo pasajero”, se marchará por los misterios gloriosos de la vida del Señor y Nuestra Señora.

Los salvadoreños padecemos del horrible demonio de nombre “violencia” y “odio de clases”; ofrezcamos fervientemente los misterios luminosos para vencer esta oscuridad, echando a ese demonio para siempre.

Porque el Rosario es una manera sencilla y efectiva de acercarnos a Jesús, de agradar a la Santísima Virgen y fortalecer nuestra fe. Pero también es un arma poderosa, cuya fuerza ha detenido hecatombes y librado a los fieles de guerras y cataclismos, como lo demuestran infinidad de milagros a lo largo de la historia. Que Nuestra Señora, Omnipotencia Suplicante, logre que Su Divino Hijo nos ampare.


*Columnista de El Diario de Hoy.