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Riquezas intangibles

" Nadie se acordaría del buen samaritano si sólo hubiera tenido buenas intenciones. También tenía dinero". Es una conocida cita de Margaret Thatcher, la estadista que transformó Gran Bretaña empeñándose no en repartir las riquezas, sino poniendo los medios para generarlas y convertir una sociedad acostumbrada a los subsidios y a los regalos de "papá Estado", en una altamente productiva.

En estos días, a raíz de unas declaraciones en las que el gabinete económico ha recibido como línea de acción la "mejor distribución de las riquezas", cobran cierta actualidad esas palabras de la ex Primera Ministra británica. Aceptar acríticamente esa proposición, es seguir anclados en un modelo económico propio de una época en que se identificaba riqueza con propiedad, cuando en estos dorados tiempos las cosas han cambiado considerablemente.

Pensar que la concentración de riquezas equivale a una concentración de poder es la viva imagen de una sociedad estratificada e inmovilista. La misma que dio lugar a revoluciones como la cubana o la venezolana, que aspiraban a invertir la pirámide de los que poseían los bienes distribuyendo la propiedad de los mismos, repartiendo y democratizando el poder; aunque al final lo único que lograron concentrar fue la riqueza -y el poder- en pocas personas, y generalizar la pobreza, más que la riqueza.

Apostar a la distribución de las riquezas como solución, es seguir pensando que la llave para escalar puestos en la jerarquía social es tener acceso a la propiedad, a través de mecanismos relacionados en su mayor parte con la oportunidad, la viveza o el saber estar "donde hay".

Es de sentido común que si se carece de capacidad de trabajo, o se es incapaz para multiplicar capitales propios o ajenos (obtenidos por medio de créditos, por ejemplo); es muy difícil que en un corto espacio de tiempo una persona pueda hacerse con un conjunto de bienes considerables. En otras palabras: el que piensa en "distribuir mejor las riquezas" parece estar convencido de que la clave del progreso está lejos del mérito o de la capacidad, y cerca del oportunismo y de la astucia.

Si de distribuir riquezas se trata, en lugar de concentrar esfuerzos en repartición de caudales, habría que dirigir la mirada a la verdadera fuente de fortuna en estos tiempos: el conocimiento y la capacidad de innovación.

Es verdad que los economistas clásicos (Smith, Ricardo, etc.) fijaron en el capital, el trabajo y la tierra la tríada de factores de producción, y que a lo largo de la historia se añadieron otros cuyo libre juego termina por crear progreso: capacidad empresarial, espíritu de innovación, aptitudes y audacia para tomar riesgos, por citar sólo algunos. Sin embargo, considerando el talante de las declaraciones que centran en la "repartición de la riqueza y el mejoramiento de la justicia laboral" la clave del desarrollo, uno se pregunta por qué no cambian su gastado discurso.

La riqueza que necesitamos distribuir es la educación, investigación y desarrollo, tecnología, informática, telecomunicaciones, diseño, nanotecnología, etc. Es decir, capital intangible.

Sin perder de vista que también en el ámbito económico-político, las relaciones patronales-salariales, y la mal llamada "justicia social" deben cambiar necesariamente de acuerdo con las exigencias de estas nuevas condiciones de producción de riqueza. Necesitamos entonces una política económica de acuerdo con los tiempos que vivimos, adaptada a la realidad del país, es cierto, pero también adecuada a la realidad global en que estamos inmersos.

Terminemos como comenzamos, citando a la Sra. Thatcher, cuando dice que en estos tiempos "los países pobres -y la gente pobre- no son pobres porque otros sean ricos. Si los otros fuesen menos ricos, los pobres serían, con toda probabilidad, todavía más pobres".

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare