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Retirando el beneficio de la duda

Una persona que sea sumamente emocional, corre el riesgo de tomar decisiones con el hígado y no con la cabeza

Confieso que el discurso de Luis Martínez, fiscal general de la República, me llevó, en un inicio, a darle el beneficio de la duda. Sus declaraciones en relación a temas y casos sensibles, me llenaron de esperanza y me llevaron a creer que existía la posibilidad de que se corrigiera el rumbo de la seguridad a través de golpes críticos a la dinámica delictual. Esta percepción, con el tiempo, se ha ido erosionando. 

Martínez ha demostrado ser una persona altamente emocional. Esto es un defecto terrible para alguien que ostenta el puesto de fiscal general, ya que se necesita cabeza fría y calculadora para conformar, liderar y conducir ética e inteligentemente equipos de trabajo, estrategias, planes y acciones idóneas. Una persona que sea sumamente emocional, corre el riesgo de tomar decisiones con el hígado y no con la cabeza, lo que tiene el potencial de tener un impacto catastrófico sobre la lucha contra la criminalidad, desnaturalizando y desprofesionalizando el trabajo institucional.

El exabrupto de Martínez durante una conferencia de prensa en el 2013, en la que exigió, con postura amenazante, a un periodista “respetá al fiscal,” fue el primer indicio público de que sus emociones, en ocasiones, le ganan a su cerebro. No me imagino y, mucho menos, me acuerdo, de algún funcionario público de un país desarrollado, especialmente de algún fiscal general, que le advirtiera a un periodista, durante una conferencia de prensa, que tenía que respetarlo. Muchos pueden haberlo pensado, especialmente ante las preguntas incómodas de acuciosos periodistas internacionales, pero jamás decirlo. Si es común, por ejemplo, en países autoritarios en los que los burócratas utilizan su posición para amenazar y mantener en línea a la prensa.

Normalmente, este tipo de incidentes serían suficientes para tumbar mi confianza en un funcionario público, pero el discurso de Martínez continuó siendo el más cuerdo entre los encargados del aparato de seguridad estatal y, por lo tanto, prolongué el beneficio de la duda. Incluso a pesar de la incesante información que ha desfilado en círculos de seguridad e inteligencia sobre la forma en que el fiscal y su macolla se relacionan y dirigen operativa y administrativamente a la Fiscalía, que abona a ese mal sabor que dejó su “respetá al fiscal,” el discurso de Martínez continuó siendo el más cuerdo y, por lo tanto, seguí públicamente dándole el beneficio de la duda.

Sin embargo, hay tres cosas que han cambiado mi parecer en relación al fiscal. Primero, sus emociones ahora parecen haberle ganado totalmente a su cerebro. Hace tan solo unos días aseguró, en declaraciones sin duda segregadas por su hígado, que el director del Instituto de Medicina Legal se “ufanaba” del nivel de asesinatos, sugiriendo que padecía de algún desorden mental que hacia que esto le ocasionara placer. Martínez, por tanto, sobrepuso sus emociones al derecho ciudadano de estar informado y fiscalizar la situación de seguridad, atacando a quien provee los datos.

Segundo, su falta de disposición para aclarar sus viajes en aviones privados, propiedad de un influyente personaje nacional, su rechazo ante la implementación de una CICIG salvadoreña y su falta de acción en ciertos casos, indican que Martínez no está a favor de la transparencia. Nuestro país está en una coyuntura en la que lo que menos necesita es un fiscal general que no apoye y no se someta ciegamente a la transparencia. 

Tercero, el discurso atinado que se ganó mi beneficio de la duda, hasta la fecha no ha sido acompañado por acciones contundentes. Esto es especialmente decepcionante considerando la danza de intereses políticos que se está dando alrededor de la próxima elección de su puesto. 
Hasta que estas tres cosas cambien, no vale la pena continuarle dando el beneficio de la duda.  

*Criminólogo.
@cponce_sv