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¿Repúblicas absolutistas?

El momento crucial que vive nuestro país, reclama claridad en la expresión de los conceptos políticos, en beneficio de la colectividad. Por ahora, abandonamos la metáfora.

Se habla mucho, sin sentido; se tergiversan los términos, y se confunde al común de la gente por ignorancia o por malicia. Frente a tanta falsedad, quienes tenemos acceso a los medios no tenemos derecho a guardar silencio, ni a hablar con ambigüedades o medias tintas, ni a hacernos los desentendidos por cálculo o por temor. "Si ves a alguien diciendo mentiras --decía Unamuno-- tu obligación es decirle mentiroso". Además, por los tiempos que corren, en un clima de sombrías amenazas, hablamos hoy, como decía nuestro antiguo Código de Procedimientos Civiles, o tal vez --¡Dios no lo quiera!-- tengamos que guardar perpetuo silencio bajo la bota del despotismo.

Pues bien: ¿Habráse visto mayor contrasentido que llamarles repúblicas a las nuevas expresiones del absolutismo?

La república ("res pública") es, por definición, el sistema estatal abierto, que propicia el acceso al gobierno a todos los ciudadanos, y que limita y distribuye el poder en el tiempo y en el espacio. Lo contrario de la monarquía absoluta.

¿Pueden llamarse repúblicas esos países en que el mando está concentrado en un caudillo, que es reelecto indefinidamente y, en algunos casos, hasta de manera vitalicia, con más poderes absolutos que los de Enrique VIII, de Inglaterra; el Rey Sol, Luis XIV de Francia; Catalina la Grande, de Rusia, o Federico II, de Prusia?

Confrontemos las palabras propagandísticas y engañosas con los "datos de la realidad", en aplicación de la filosofía de Xavier Zubiri, para que nuestras palabras tengan certeza. Fijémonos en los hechos no en las palabras. Estas hablan del "bien vivir; pero aquellos nos muestran una inocultable postración económica y social.

¿Qué vemos en los países adscritos al socialismo del Siglo XXI, que no sea otra cosa que el socialismo real, cuyos vicios señaló tan certeramente, desde sus inicios, Eduardo Berstein? La nueva cabeza de la hidra es más dura, si cabe, que el viejo comunismo que pareció agotarse con la caída del Muro de Berlín, sólo que ahora resurge con distinto nombre. Veamos: la desaparición de la división de poderes; la completa sumisión de los Órgano Judicial y Legislativo; el control de los aparatos electorales propiciadores del fraude; la vigilancia orweliana del "Hermano mayor", tanto desde el gobierno como de unos ciudadanos contra otro; la represión constante de la policía política contra los elementos indóciles al pensamiento único y a la verdad oficial; la sustitución de los juristas por los "comisionados"; la supresión de todos las libertades; el enriquecimiento expreso y multimillonario de una nueva oligarquía (conocida como la nomenklatura), y la emigración de la mitad del pueblo huyendo del paredón. Es decir, el poder concentrado e ilimitado, en extensión y tiempo, sin alternancias ni atenuantes: un aire irrespirable para los espíritus libres. En resumen: lo contrario, todo lo contrario del Estado democrático constitucional de derecho, que confía en la plenitud de esta disciplina y descansa en la dignidad del ser humano.

Afortunadamente, puedo todavía escribir estas líneas, sin riesgo para mi salud, pues, para nuestra fortuna, el país no ha caído en el precipicio del despotismo.

Pero el día en que --¡Dios no lo quiera!-- llegaran al poder los dirigentes, militantes y cuadros más radicales de esa filosofía política, despojados ya de sus trajes de luces y de sus obsequiosos ofrecimientos de campaña, sentiríamos lo que es el crujir de dientes.

¿Significan estas reflexiones que estamos en el mejor de los mundos? No. La cuestión social es una asignatura pendiente que, deplorablemente, no se atendió debidamente por los sucesivos gobiernos, después de los Acuerdos de Paz, impotentes ante la presión del Consenso de Washington. No tenemos derecho a proclamar que el Estado de Derecho es el culmen de la organización social, mientras éste no se haya aproximado a la solución del problema de la extrema pobreza y la desigualdad social. Es un problema serio, lo comprendemos, pero insoslayable. Ni Brasil, cuando todos creíamos que había descubierto la fórmula mágica de la convivencia, puede jactarse de ello. Las multitudinarias manifestaciones que invadieron sus calles hace unos meses, y la proliferación de favelas, dan cuenta de que, aún allá, falta mucho por hacer.

Buen trabajo les espera a los nuevos gobernantes de nuestro país, que no pueden continuar desatendiendo ese aspecto, aplicando un plan de acción que privilegie la oferta de trabajo sobre el Estado de bienestar que, como estamos viendo en Europa, desequilibra todos los presupuestos. Les deseamos buena suerte. Y a los indiferentes, a los indecisos y a los que no encuentran el camino --como diría Maimónides en su "Guía para las perplejos"-- les pedimos que abran bien los ojos y actúen en consecuencia. U optamos por la libertad y el derecho, con justicia social, con todos sus beneficios, o sucumbimos ante el despotismo. En nuestras manos está determinar el rumbo del futuro.

Hablamos así, claramente, sin ambages, tal vez acremente, en términos de filosofía política, ante la funesta perspectiva de que nos veamos forzados a callar para siempre.

*Dr. en Derecho