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Repensando la integración centroamericana desde el desarrollo humano

Según el historiador Thomas Karnes (The Failure of Union: Central America 1824-1975) desde que la unión centroamericana fracasó en 1838 y se crearon cinco Estados separados, la idea de restablecer la República Federal Centroamericana nunca ha desaparecido totalmente. Añade que, desde entonces hasta 1975, en 25 ocasiones se dieron pasos formales para reconstituir los Estados en alguna unidad común de gobierno, pero que ninguno de ellos fue duradero, exitoso, ni incluyó a las cinco naciones. A su juicio, el fracaso de esos esfuerzos estuvo relacionado a tres factores: la falta de gobiernos representativos y democráticos; el nacionalismo excesivo y el aislacionismo de Costa Rica, explicado en gran medida por su mayor desarrollo y estabilidad socioeconómica y política.

Pese a estos obstáculos, ha habido al menos dos períodos en los que sin pretender llegar a una unión política, la integración ha sido vista como instrumento útil para el desarrollo de los países.

El primero fue entre 1950 y 1979, cuando todos los países, en el marco de un pragmatismo economicista, se pusieron de acuerdo en emprender un proceso de integración que permitió viabilizar el Modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones, con resultados bastante satisfactorios. Las economías crecieron a una tasa promedio anual de más de 5%; se incrementaron de manera notoria las exportaciones intrarregionales; se mejoró y amplió la red centroamericana de transporte y comunicaciones; se diversificaron las estructuras productivas de los países; se incrementó sustancialmente la capacidad de intermediación de los sistemas financieros; se ensancharon las capas medias urbanas; surgieron nuevas empresas especializadas en el abastecimiento del mercado regional que, posteriormente, adquirieron capacidad para exportar al resto del mundo; se establecieron vínculos interempresariales e interinstitucionales que han sido claves para mantener unida a la región, aun en aquellos períodos en que se creía que el esfuerzo integracionista estaba perdido; y se mejoraron notablemente los indicadores sociales, especialmente en las áreas de salud y educación.

El segundo período, todavía vigente, inicia en 1990 y ha incluido una diversidad de acuerdos y tratados en materia económica, política, ambiental, social y cultural, así como la ampliación y fortalecimiento de la institucionalidad regional, sustentando un modelo de integración, en principio, más ambicioso que el anterior. En el ámbito económico, sin embargo, los primeros años de este período coincidieron con un contexto internacional caracterizado por el auge del Consenso de Washington y la promoción de modelos neoliberales, para los cuales el papel de la integración no consistía en asegurar mercados cautivos a las empresas del istmo, sino en hacer de la región un espacio más atractivo para los inversionistas, especialmente aquellos que operan a escala internacional. En congruencia con ello, junto al restablecimiento del libre comercio regional, todos los países han suscrito bilateralmente acuerdos comerciales con sus principales socios, violentando incluso la cláusula centroamericana de excepción. Un término que inicialmente se utilizó para justificar este proceder fue el de "regionalismo abierto", dando a entender que a la vez que se avanzaba en el proceso de integración, se estaban mejorando las condiciones de acceso de los productos centroamericanos en los mercados internacionales. No obstante, algunos críticos (i.e. Fundación Centroamericana de Integración) sostenían que lo que estaba ocurriendo realmente era la agonía y muerte de la integración real de Centroamérica o una suerte de apertura sin regionalismo.

Al debilitarse los planteamientos neoliberales pareciera que la integración centroamericana se ha quedado sin referente en términos de modelo, lo cual ofrece una oportunidad extraordinaria para repensarla desde el desarrollo humano. De acuerdo con este paradigma, el camino hacia la riqueza y hacia la erradicación de la pobreza está en darle prioridad a la formación de capacidades de las personas y a la creación de un marco propicio para el uso de esas capacidades. Vista desde este ángulo, Centroamérica es una región que dispone de una diversidad de oportunidades para su desarrollo, entre las que se destacan las siguientes: 1) Una población interna de 45 millones de habitantes y un bono demográfico que estará disponible tres décadas más. 2) 6 millones de centroamericanos más residiendo en otros países, cuyos envíos de remesas superan los US$ 15,000 millones y que constituyen un mercado semicautivo para una diversidad creciente de bienes y servicios. 3) Un territorio de 520,000 Km2 localizado en una posición geográfica privilegiada para la producción y el comercio mundial. 4) Una economía de más de US$ 200,000 millones (similar a la de Perú). 5) Una alta densidad de activos logísticos, susceptibles de ser conectados para la construcción de una región en red. 6) Un enorme potencial para el desarrollo turístico, derivado de su clima, riqueza en biodiversidad, recursos hídricos y patrimonio cultural, entre otros. 7) Abundantes opciones para producir energía limpia.

Para aprovechar estas oportunidades, Centroamérica debe bajarle el volumen a la política comercial y elevárselo a otras (i.e. educación y formación de recursos humanos, movilidad y logística, energía, turismo, agrícola e industrial), bajo la visión de convertirse en un centro productivo y logístico de escala mundial capaz de generar alrededor de 700,000 empleos formales por año. Esto, sin olvidar que, como decía Charles de Gaulle: "El gran desafío cuando se emprende un proceso de integración es que interese a los pueblos".

* Economista, Jefe del PNUD.