Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Renqueante, pero caminando

a opinión pública, con todo lo de generalización que el término tiene, viene a ser de algún modo la suma de las opiniones individuales de todas las personas. Pero también, puede entenderse como la opinión que es inducida en los ciudadanos por los medios de comunicación en cuanto su prestigio, la capacidad de llegar a muchos, y el trabajo profesional de quienes allí laboran, les entregan datos e información que llevan a que cada uno se haga una idea de lo que está pasando.

Si conceptualizamos la democracia en cuanto sistema de gobierno --sin entrar en la representatividad ni en el método de elección de los mandatarios--, como un acuerdo en el que la mayoría de ciudadanos escoge una opción política representada por un partido determinado, pero --muy importante--, sin que esto signifique que la opinión, las necesidades y las ideas de los grupos minoritarios quede relegada o al margen de la vida pública en el país, entonces se comprende que la información es la sangre que circula por las arterias de la sociedad y que vivifica todo el sistema.

Sin información no hay democracia, con información envenenada hay democracia enferma.

En un régimen democrático, el flujo de la información es vital para su sana existencia. De alguna manera podría decirse que es la opinión pública la que pone y quita gobernantes, diputados, funcionarios. Es la labor de los medios de comunicación la que proporciona la información, los criterios, los datos y los resultados que ayudan no sólo a saber qué pasa, sino que también nos permite liberarnos de creer que lo único que sucede en el país, es lo que vemos con nuestros propios ojos, y oímos en las conversaciones privadas que tienen lugar en el reducido círculo de las relaciones familiares, laborales y sociales.

Precisamente la labor de los medios de comunicación pública, y del flujo de información que circula en las redes sociales, por la participación activa de muchas personas en la construcción de la opinión mayoritaria, es el mejor seguro para que quienes gobiernan no abusen de la democracia y se crean omnipotentes, que hagan lo que les dé la gana sin tomar en cuenta la opinión de otros grupos minoritarios, los intereses legítimos de la oposición política, las normas y organización del Estado de derecho al que juraron lealtad, y los procedimientos e instituciones que conforman el aparato estatal.

Poner al servicio de los intereses personales o partidarios ciertos medios de comunicación, atacar al adversario político desde los micrófonos sin darle oportunidad de explicar su postura, valerse de una posición prestigiosa (no por la persona que la ocupa, sino por lo que el cargo conlleva) para hablar verdades parciales, mentir, insultar y denigrar a quien dice cosas molestas, hacer propaganda descarada ya no de su gestión, sino de su persona, etc., son algunas de las lindezas que se han visto últimamente.

Sin embargo, se mueve. Sin embargo, subsiste. Lo admirable es que a pesar de tantos golpes, abusos y prepotencias, el sentido democrático de las personas, todavía sigue en pie.

Mucho que ver han tenido las redes sociales y el trabajo de tantos reporteros particulares, la labor de los "indignados", de grupos de jóvenes hartos de lo mismo que se movilizaron para despejar cortinas de humo y patrañas. También, sobre todo, ha tenido un rol destacado el sentido común.

Mañana comienza una nueva etapa de la historia de la democracia. De su conservación y sano desarrollo somos responsables todos. Dios quiera que la página de los abusos y manipulación de la información, pase a formar parte de un pasado del que aprendimos, pero del que salimos sin odios ni resentimientos.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorareL