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Releyendo a Juan Pablo II

Nuestro querido Karol Wojtyla está ahora en los altares. Le conocimos, rezamos con él, admiramos su energía y el mensaje evangelizador que llevó al mundo entero, y sufrimos el deterioro de su salud. Juan Pablo II, como muchos santos, fue un hombre de su época. No rehuyó ninguno de los temas que más agobiaban a la humanidad entera y fue protagonista en uno de los episodios históricos más relevantes del Siglo XX: la caída del Muro del Berlín. Criticó duramente al marxismo porque esta ideología había prometido, según el pontífice, "desenraizar del corazón humano la necesidad de Dios".

El Papa polaco exaltó la libertad de los individuos para lograr el bienestar de la sociedad. Estaba convencido que los regímenes dictatoriales y opresores eran enemigos de los sistemas políticos más justos y además evitaban una mayor participación de los ciudadanos. Señalaba que el fracaso de quienes pretendieron sostener gobiernos intervencionistas se debió, en parte, a la violación de los derechos del trabajador y a la ineficiencia del sistema económico.

En la crisis del marxismo, decía Wojtyla, "brotan de nuevo las formas espontáneas de la conciencia obrera, que ponen de manifiesto una exigencia de justicia y de reconocimiento de la dignidad del trabajo, conforme a la doctrina social de la Iglesia". Agregaba que el fracaso económico que desembocó en los acontecimientos de 1989, fue consecuencia de "la violación de los derechos humanos a la iniciativa, a la propiedad y a la libertad".

Juan Pablo II se refiere ampliamente a esos sucesos en la carta encíclica "Centesimus Annus". Esta iniciativa apostólica fue escrita en ocasión del centenario de la encíclica de León XIII conocida como "Rerum novarum". En ella se reflexionó sobre la necesidad de transformar a la sociedad en una donde se respetara la dignidad de los obreros. La "Rerum novarum" revolucionó las relaciones entre patronos y trabajadores y denunció los atropellos del socialismo. Decía León XIII: "para solucionar este mal (la injusta distribución de la riqueza junto con la miseria de los proletarios), los socialistas instigan a los pobres al odio contra los ricos y tratan de acabar con la propiedad privada estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes…".

Los rasgos característicos de la encíclica de su predecesor se recogen con una habilidad extraordinaria en la Centesimus Annus. Juan Pablo II extrapola los hechos más relevantes que se presentaron a finales del Siglo XIX para descubrir que durante el Siglo XX continuaron los "casos de contratos entre patronos y obreros, en los que se ignora la más elemental justicia en materia de trabajo de los menores o de las mujeres, de horarios de trabajo, estado higiénico de los locales y legítima retribución". Señala que para la protección de sus derechos, han surgido los sindicatos, no sólo como instrumentos de negociación, sino también como entidades donde se expresa la personalidad de los trabajadores: "sus servicios contribuyen al desarrollo de una auténtica cultura del trabajo y ayudan a participar de manera plenamente humana en la vida de la empresa".

Ahora que recordamos la fructífera vida de quien pasará a engrosar el santoral de la Iglesia, viene bien releer sus escritos más notables. Juan Pablo II no fue un político ni mucho menos un ideólogo liberal. Fue un hombre de principios que supo mirar con responsabilidad aquellos estilos de vida que no hacían bien a la humanidad. Se esmeró por transformar las realidades que ignoraban la libertad del hombre, arrebatándole su dignidad y la posibilidad de construir un mundo con más oportunidades. Identificó claramente las atrocidades de regímenes como el de la ex Unión Soviética y descubrió que en estos tiempos nuestros, "otras injusticias alimentan nuevos odios y se perfilan en el horizonte nuevas ideologías que exaltan la violencia".

Con la franqueza, el carácter y la claridad de pensamiento que le caracterizaron, Juan Pablo II fustigó al comunismo. También se refirió con preocupación a las "carencias humanas del capitalismo", expresando que éstas se encuentran lejos de haber desaparecido. Es más, "para los pobres, a la falta de bienes materiales se ha añadido la del saber y de conocimientos, que les impide salir del estado de humillante dependencia".

Wojtyla sentencia en su encíclica que es inaceptable la afirmación de que "la derrota del socialismo deja al capitalismo como único modelo de organización económica". Son los fanatismos ideológicos los que no han comprendido que muchas de las injusticias de anteriores sistemas políticos continúan afectando la vida de millones de personas.

En estos días, en los que celebramos la canonización de nuestro querido Juan Pablo II, conviene recordarle como un hombre justo, que trascendió las ideologías pero no las ignoró porque estaba convencido que afectan al hombre. Ojalá que como él, persigamos el logro del bien común y la salvación de las almas.

*Columnista de El Diario de Hoy.