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Relevancia de las enseñanzas de un exdirector del FBI

Hace algunos años leí el libro "My FBI", en el que Louis J. Freeh, director del FBI entre 1993 y 2001, relata su vida profesional en el sistema de justicia penal estadounidense. Las historias que incluyó el exfuncionario me parecieron cautivantes y, en muchos casos, ejemplos claros de la forma recta, íntegra, profesional y técnica con la que tienen que actuar policías, jueces y fiscales. Utilizando situaciones que marcaron la historia mundial y que involucran a icónicas personalidades contemporáneas, Freeh, en un tono humilde, franco y no pretensioso, describe decisiones y posturas admirables a lo largo de su impresionante carrera, primero como agente de FBI, después como fiscal y juez federal, y, por último, como director del FBI. Hay muchas que me marcaron, pero hay dos, en particular, que admiro.

La primera tiene que ver con la valiente lucha que emprendió Freeh para proteger al FBI de la nociva influencia e interferencia política. La historia del exfuncionario ilustra la importancia de mantener la seguridad pública profesional y apolítica, y los grandes sacrificios que un verdadero patriota está dispuesto a hacer para asegurar la consecución de este ideal. Freeh, en su libro, describe cómo se deterioró su relación con el expresidente Bill Clinton, como consecuencia del choque entre lo técnico y lo político. El declive de la calidad de las interacciones entre ambos, llevó a que Clinton pasara de describir a Freeh como "una leyenda policial" y calificar como "una nueva era para el FBI" su nombramiento como director, a señalarlo como su peor selección de funcionario. 

Las interferencias políticas en la investigación de casos sensibles, críticos para garantizar la seguridad de Estados Unidos, relatadas en el libro, dejan claro lo difícil, pero necesario que es tratar de proteger las instituciones de seguridad del sector político. Freeh describe su constante lucha para lidiar con este peligro de forma brillante y sintetizada: "La política es el aire que respira Washington, el agua que bebe. También puede ser el germen que te infecte y, en los casi ocho años que serví como director del FBI para Bill Clinton, ese peligro siempre estuvo presente". Hay muy pocos funcionarios que se han atrevido o se atrevieran a tomar las valientes e impenetrables posturas de Freeh ante la influencia política. Algo digno de admirar.

La segunda lección importante que retomé de los relatos de Freeh cuando los leí, hace aproximadamente una década, fue la importancia de tratar de forma justa, pero sin ser permisivo o en detrimento de la seguridad o bienestar de otros, hasta con el peor delincuente, responsable de los peores actos. Existe la tentación de lidiar con criminales o investigaciones desde áreas "grises," por la rapidez que esto implica. Sin embargo, generalmente, al adoptar este camino, el problema regresa con la misma rapidez o se crea uno nuevo y más grande. Bajo esta premisa, Freeh describe cómo fomentar la ética e integridad entre los agentes del FBI se convirtió en una parte esencial de su gestión, utilizando como ilustración los efectos perjudiciales colaterales que conllevaron los abusos cometidos por las autoridades policiales durante el Holocausto. Es fácil para un funcionario policial optar por un abordaje "gris" y, por lo tanto, es poco común encontrar alguien que tenga el valor y la inteligencia de afrontar todas las situaciones y personas de forma justa.

Decidí escribir esta semana sobre este libro, publicado hace más de diez años, porque considero que sus premisas centrales son relevantes para la coyuntura que vive El Salvador. La influencia y control político sobre el aparato de seguridad es poderoso y la crisis delictual está en su peor punto, tanto que la ciudadanía progresivamente favorece abordaje "grises". Ceder ante esta tentación puede ahondar la influencia de la política sobre la seguridad y, en consecuencia, resultar en un daño irreparable para el actual aparato de seguridad. 

*Criminólogo. @cponce_sv