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El relato de la amable señora del consultorio y medidas de seguridad consecuentes

Las visitas a cualquier consultorio médico, público o privado, no son gratas ni cómodas para la mayoría de pacientes. Las molestias y angustias, ocasionadas por sus síntomas y ansiedad por conocer rápidamente el diagnóstico de su doctor, pueden ser magnificadas por elementos no asociados con el estado de su salud, como la aglomeración de personas en la sala de espera, el tiempo que tarda cada enfermo en ser examinado y, en ciertos casos, por malas actitudes adoptadas por el personal del consultorio.

He escuchado con mucha frecuencia a pacientes quejarse de este último factor. Aunque no he estado inmune a este tipo de situación, en la mayoría de ocasiones he tenido la suerte de haber sido atendido por personas muy empáticas, amables y sociables. Hace unos días fue mi última visita a un consultorio médico y, nuevamente, gracias a Dios, me atendió una señora muy simpática y agradable. La vi llegar tarde y explicar que viajaba desde Ilopango, pero que debido al desorden causado por el SITRAMSS en el recorrido de la ruta que habitualmente toma, tuvo que pagar taxi para no llegar tan tarde a su trabajo.

Después de que se acomodara en sus labores cotidianas, y aprovechando su semblante y actitud amable, decidí preguntarle sobre su odisea para llegar temprano esa mañana. Sin embargo, gracias a la participación de otras personas presentes en el consultorio, la conversación rápidamente se convirtió en un relato sobre la grave situación delictual de Ilopango. La amable señora explicó, con argumentos sólidos, cómo las pandillas en su vecindario y en otros adyacentes, se habían convertido en grupos criminales más sofisticados, influyentes y poderosos.

Sin tapujos, contó cómo las pandillas habían incursionado y monopolizado, durante los últimos años, negocios lícitos, desplazando a través de violencia y amenazas a los que tradicionalmente se dedicaban a ellos. Explicó, citando ejemplos específicos, cómo dominan la distribución de gas y la venta de pan en ciertas zonas del municipio. Además, señaló una notable mejora económica de los cabecillas pandilleros y los miembros de mayor influencia. Aseguró que ahora visten ropa y calzado de marca, portan mejores armas y se transportan en vehículos más recientes.

El trágico escenario esbozado por la amable señora del consultorio médico, es consistente con la situación que experimentan muchas comunidades alrededor del país. Las pandillas de ahora son versiones más sofisticadas, desarrolladas y, por lo tanto, poderosas que las de hace tres años. La interacción de las estructuras criminales con el sector político es algo que, la historia y los modelos de evolución de grupos delictuales han demostrado tiene un efecto significativo en términos del enfoque, complejidad y retorno de sus patrones criminales.

Esto guarda estrecha congruencia con la creciente legitimación y consecuente extensión de la base social de las pandillas en sus comunidades. Progresivamente, las actividades delictivas de estos grupos los están convirtiendo en una opción atractiva y justificable de ingreso para quienes residen en los barrios en los que operan. La literatura criminológica vincula este cambio a la evolución de dichas agrupaciones.

El problema descrito por la señora del consultorio no se controla ni elimina con "estados de sitio focalizados" o incrementos desmedidos de policías y soldados uniformados en las calles. Estas medidas, sugeridas bajo un esquema populista por algunos y por desesperación o desconocimiento por otros, están tan alejadas del contexto de la realidad nacional que sería como pensar que podemos sanar de cáncer a alguien a puros batazos. Tampoco se resolverá abriéndole espacio a las pandillas y al Estado para que negocien bajo la mesa y se instrumentalicen mutuamente. El problema es grave y necesitamos exigirle al oficialismo y a la oposición posiciones serias y realistas, que contribuyan a un abordaje balanceado, técnico, inteligente y profesional de la crisis delictual.

*Criminólogo.

@cponce_sv