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Reforma al TSE: ¡Por el bien de la democracia!

El éxito de un proceso electoral depende de la confianza sobre sí mismo. Confianza en que el desarrollo del evento será en un clima tolerante, donde se respete el disenso. Confianza en que los cuerpos de seguridad velarán por que el voto se lleve a cabo con tranquilidad. Confianza en que todos los materiales estarán a disposición en el tiempo requerido para el votante y los cuerpos electorales involucrados. Finalmente, confianza en que el árbitro es capaz, competente, imparcial y efectivo.

¿Qué hay de El Salvador?

El dos de febrero de dos mil catorce, día de la primera vuelta de las elecciones presidenciales, miles de salvadoreños veían con sorpresa cómo en televisión abierta, a pesar de un silencio electoral en curso, el mismo Presidente de la República salía a hacer proselitismo en diversos spots. La pregunta obligatoria fue ¿dónde está la autoridad electoral?

Fácil: Organizando las elecciones. En 2014, los esfuerzos del Tribunal Supremo Electoral estuvieron vertidos en un proceso electoral casi impecable que en sus dos jornadas (dos de febrero y nueve de marzo), no exhibió mayores problemas al momento de abrir centros, recibir a los votantes, cerrar los centros, contar y transmitir los votos. El TSE generó confianza en su fase logística, aunque su segundo rol, de impartir justicia electoral, fue deficiente y cuestionable. El actuar de un árbitro sin preferencias, que actúa de forma cumplida, pronta e imparcial no fue visible en estas elecciones.

Entre las presidenciales de 2014 y las legislativas y municipales de inicios de marzo 2015, ha habido un cambio importante: los magistrados del Tribunal Supremo Electoral, quienes por disposición de la Sala Constitucional ya no pueden tener vinculación partidaria por su carácter de jueces y para no repetir vergonzantes episodios de un sable firme con la oposición y una espada blandengue cuando se trata de los propios.

¿Cómo fue el proceso electoral con los nuevos magistrados? Cuando menos, un desastre. En numerosos centros de votación alrededor del país, los paquetes electorales llegaron tarde, generando demoras para abrir los centros, y obligando al elector a esperar en largas filas o a volver a casa y no votar.

En muchos centros, vigilantes suplentes ejercieron el voto temprano y se retiraron de los centros, lo que abre la puerta a diversas especulaciones. Algunos miembros de las JRV no estaban enteramente capacitados para las nuevas modalidades de voto. Finalmente, el sistema de transmisión de votos falló y los salvadoreños no han tenido acceso a conocer las actas que muestran resultados preliminares.

La confianza en un proceso electoral es clave y si el ciudadano no percibe que su voto está rápidamente procesado y puesto a la vista de todos, comienza a sospechar del proceso y esto es grave en un país con una reciente historia de tribulaciones políticas.

No han sido pocos los que entre burlas señalan que el expresidente del TSE con vinculación partidaria hizo un mejor papel y está siendo extrañado por sus otrora detractores, lo cual nos lleva a una poca intuitiva pero necesaria conclusión: correlación no implica causalidad.

El destino del Tribunal Supremo Electoral y los futuros comicios en El Salvador no reside únicamente en la calidad e idoneidad de los nombramientos de magistrados que se hagan. Tristemente, a dicha institución le está quedando grande la democracia en nuestro país y cuando avanza en materia logística, retrocede en jurisdiccional y viceversa.

Es momento de separar las funciones de la autoridad electoral, estableciendo una institución meramente encargada de logística y administración de elecciones, y otra encargada de establecer justicia electoral. Además, es momento de estudiar a profundidad las magnitudes de cada distrito electoral, pues en una circunscripción con 24 diputados difícilmente un ciudadano podrá encontrar un vínculo directo con su representante, pilar básico del poder limitado.

En fin, el país necesita decisiones fuertes para fortalecer sus procesos electorales y la confianza en los mismos. ¿Podemos hacerlo? No sólo podemos. Por el bien de la democracia, ¡debemos hacerlo!.

*Colaborador de El Diario de Hoy.