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Razones para el odio

Aella no la conozco, pero me escribe. Me pregunta sobre la historia reciente y me cuestiona. Lo hace con dureza, pero con respeto. Dice que tiene 26 años, que se acaba de graduar en la universidad. Me cuenta que ha leído casi todo lo que se ha escrito sobre la guerra, incluyendo varios libros en donde se me menciona. Por eso, dice, no entiende cómo es que puedo apoyar al partido ARENA.

"Lo único que ARENA merece es odio", termina diciendo en una de las tres cartas que me ha enviado. Y argumenta sus razones. Fueron los areneros, asegura, quienes entre finales de 1979 y 1982, asesinaron a más de 50 mil miembros de las organizaciones populares. Lo hacían bajo el disfraz de los escuadrones de la muerte. Dejaban tirados sus cadáveres decapitados en cualquier calle de la ciudad o recodo de camino rural, con un rótulo que decía: "Por comunista".

Me ilustra ella, que durante la guerra, los areneros lanzaron bombas de 500 libras sobre cantones y caseríos y mataron a ancianos, mujeres y niños. Agrega, con rabia en cada palabra, que "los malditos areneros" mataron a miles de campesinos en el Mozote, el río Sumpul y otras zonas rurales del país. Cometieron la injusticia de asesinar a los padres Jesuitas y además, remata, Paco Flores se robó 80 millones de dólares de un dinero que dio Taiwán para los pobres.

El, otro de mis lectores, no me escribe. Me encuentra por casualidad comprando en un supermercado. Me detiene y me pregunta, después de un breve saludo, que cómo es posible que yo haya estado con los comunistas. Que las minas de ellos dejaron sin piernas a su hermana mayor. Que su padre trabajó muchos años con Mauricio Borgonovo y que fue testigo del sufrimiento de doña Sara de Pohl cuando las FPL mató al excanciller.

Me asegura que los comunistas fueron los que mataron a monseñor Romero, para echarle la culpa al gobierno y provocar una insurrección. Que mataron fríamente a grandes personalidades del país como don Antonio Rodríguez Porth y Francisco Pecorini. Además, me dice mientras yo busco un frasco de café, mataron vacas, destruyeron puentes, botaron torres. "Y después de la guerra, secuestraron a un niño y lo tuvieron enterrado vivo un año, y ahora como si nada, gobiernan y son millonarios prepotentes. Lo único que merecen los comunistas es el odio", remata.

Le digo que ya toqué ese tema en mis en algunos artículos. Lo saludo y sigo mi camino. Las cartas de ella y mi encuentro con él coincidieron en el tiempo: la pasada semana. Ambos me expusieron las razones para el odio. En esas razones acuñadas en los discursos políticos y de propaganda y algunas hasta en textos de escuela, hay verdades, medias verdades, medias mentiras y mentiras completas. Pero esa mezcla estimula las razones del odio.

Ese odio, que mantiene al país como si fuesen dos en uno. Que hace que aunque la guerra haya terminado hace casi 23 años, aún se mantenga latente un estado de guerra mental y verbal. Ese odio que vuelve cada campaña electoral, no en la famosa fiesta cívica que se pregona, sino en una batalla de insultos y calumnias sucias. Odio que divide a los ciudadanos, a las comunidades e incluso a las familias. Odio, que por más que hagamos no nos deja ser lo que queremos como nación.

Verdades y falsedades se repiten tanto y con tanta fuerza, según la conveniencia de cada quien, que ya no se sabe qué es lo cierto y qué es lo falso. En la batalla política aquí, se manipulan los sentimientos más primarios. Los mensajes y las operaciones de propaganda, apuntan a lo que los sicólogos llaman el "cerebro reptiliano", allí donde residen desde hace millones de años los instintos más básicos: el miedo, la huída y el ataque.

Hablemos, pues, en las próximas semanas sobre las razones del odio. Discutamos tanto los que se identifican con él o con ella de manera serena y objetiva. Discutamos y expongamos para encontrar la verdad o lo que más se acerque. Comienzo la otra semana.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleasp@hotmail.com