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Un rayo de esperanza

¿Alguna vez has tenido la impresión de que el mundo está en tinieblas? ¿De que las personas andan sin rumbo por la vida? Yo sí. En medio de un mundo revuelto, que se autodestruye a todo nivel: madres matando a sus hijos, persecuciones religiosas, guerras civiles, indiferencia ante las necesidades de quien tenemos más cerca, personas que se empeñan en hundir a otras para brillar ellas mismas... En medio de tanta oscuridad, hace poco presencié un halo de luz. El 27 de septiembre recién pasado, tuve la oportunidad de asistir a la Beatificación de don Álvaro del Portillo. Aunque me llenaba de entusiasmo participar en este acontecimiento histórico, mis expectativas se quedaron cortas. Además de la oportunidad de rendir homenaje a don Álvaro, a quien quiero mucho, y agradecer a Dios por su ejemplo, esta experiencia me permitió reflexionar sobre diversos temas, pues lo que sucedió allí sobrepasó lo que podíamos esperar...

Desde muy temprano en la mañana se veían mares de gente caminando hacia Valdebebas en Madrid, lugar donde a las doce del mediodía tendría lugar la ceremonia. Esta es una zona nueva, por lo que aparte de la ciudad deportiva donde entrena el Real Madrid y un centro de convenciones, no hay nada más en el sitio. Aunque se había dispuesto un servicio de buses gratuito para acercar a los peregrinos al lugar, dado el elevado número de asistentes que sobrepasó las expectativas, el transporte no era suficiente. Esta situación hizo que muchos decidiéramos caminar hasta donde se realizaría la ceremonia, aproximadamente seis kilómetros, y luego de regreso. Durante el recorrido nos encontramos con personas de diferentes nacionalidades, situación económica y estado: había sanos, embarazadas, discapacitados y enfermos; bebés, niños, jóvenes y ancianos. Todos caminando en la misma dirección…

Para velar por el orden y seguridad de los asistentes, habían destacado al lugar a un gran número de agentes de la policía, quienes miraban estupefactos lo que estaba sucediendo. Eran miles de personas caminando, y aunque el trayecto era duro y no sabíamos cuánto faltaba para llegar, nadie se quejaba, ni empujaba, ni peleaba. Todos caminábamos con paso firme y alegre, unos detrás de los otros, con la ilusión de participar en la ceremonia. Cada cierta distancia, un joven elegantemente vestido nos animaba asegurándonos que faltaba poco para llegar. A lo largo del trayecto pudimos apreciar que las personas tenemos la capacidad de comunicarnos, de comprendernos y de ayudarnos, sin importar siquiera que no hablemos el mismo idioma… ¡Cuando queremos, podemos entendernos!

Luego me asaltó la pregunta: ¿por qué tantas personas se han tomado el tiempo, han realizado el gasto y se han complicado la vida para venir hasta aquí? No cabe duda de que aunque podía haber diversas razones, algo que nos movía a todos era la alegría de celebrar que SI se puede vivir al paso de Dios, y el deseo de poder decir un día como don Álvaro: "¡Misión cumplida!

Considerando la situación histórica en que vivimos, con sus problemas económicos, políticos, religiosos y sociales, estar allí fue una prueba de que Dios no nos ha dado la espalda, que somos nosotros quienes no lo buscamos. La vida de don Álvaro no fue fácil, incluso estuvo preso durante la guerra civil española, víctima de terribles atrocidades. Pero él eligió el amor sobre el odio, el perdón sobre el rencor, y Dios no lo dejó solo en su camino. Comprendí que el amor de Dios no se demuestra en la ausencia de dificultades, sino en la gracia que nos concede para enfrentarlas y salir adelante.

Personalmente, la beatificación fue para mí como un rayo de esperanza, y por eso quise compartir mi experiencia. Me llenó de entusiasmo ver a tantas personas de todo el mundo comprometidas con el bien. Ojalá que en los próximos meses en que en nuestro país iniciará otro periodo electoral, los gobernantes, los políticos y los votantes no olvidemos que, al fin y al cabo, también podríamos y deberíamos caminar juntos en la misma dirección: el bien de todos.

*Colaboradora de El Diario de Hoy.

@MonicaPacas