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¿Quién es John Galt?

Es una pregunta retórica que se repite en la novela Atlas Shrugged. Los personajes la hacen reiteradamente y por inercia ante circunstancias decepcionantes e inciertas.

La novela fue publicada por la rusa-estadounidense Ayn Rand en 1957. Se tradujo como La Rebelión de Atlas.

Soy un lector inconstante. Me llevó casi dos años leer las 1168 páginas. La dejé tirada en varias ocasiones. En una, después de varios meses, tuve que retroceder casi 200 páginas para retomar el hilo.

La historia ocurre en los Estados Unidos. A través de la vida de una ejecutiva ferroviaria y un empresario siderúrgico se narra el desarrollo de una cultura que rinde culto a la mediocridad en detrimento y a costillas de la excelencia.

Invocando conceptos como el bien común y la solidaridad, algunos políticos y empresarios ganan un amplio apoyo popular para incrementar el intervencionismo. A medida que eso transcurre, comienzan a desaparecer los más innovadores empresarios, artistas y científicos. Se esfuman. 

Resulta que John Galt --el de la pregunta retórica-- sí existe. Es un ingeniero brillante que cuando vio el rumbo que llevaba la sociedad optó por organizar una huelga. "Voy a detener el motor del mundo", dijo. Fue entonces cuando comenzó en secreto a atraer a su causa a las mejores mentes del país. A esas que estaban inconformes con una sociedad que no solo les asfixiaba y parasitaba de ellos; sino que, en lugar de retribuirles el valor que estos le daban, los recriminaba y reprochaba por egoístas.

Uno a uno Galt los recluta. Los lleva a un valle en Colorado que yace bajo un campo magnético que les oculta del mundo externo. Una suerte de Atlántida o Utopía. Aunque más bien la antípoda de esta última, pues es una sociedad sin Estado ni regulaciones. Ahí todo se maneja a través de libres acuerdos entre los individuos.

Sin las mentes más innovadoras y productivas el mundo comienza a deteriorarse. Comienza la escasez y el caos. Los "saqueadores" --como los llama Rand-- cada vez tienen menos mentes que exprimir y de quienes parasitar. Finamente se quedan sin ninguna. Es en ese momento cuando... Mejor léala.

No comparto todas las ideas que Rand plantea. No creo, por ejemplo, que las funciones del Estado deben constreñirse a la seguridad pública, defensa y la administración de justicia --tal como lo plantea Galt en el discurso radial en que finamente revela al mundo exterior la huelga que hace doce años había iniciado--.

Además me parece contradictorio que mientras la autora recrimina a los empresarios que ocupan los resortes del Estado para obtener protección, buena parte de la ventaja competitiva de Hank Rearden --uno de los héroes de la historia-- se sostiene en la patente sobre el metal que inventó. A fin de cuentas las patentes son un monopolio garantizado por el Estado.

Pero muchas ideas de Rand sí me parecen válidas para preguntarnos quiénes somos y hacia dóonde vamos.

¿Qué pasa si alguien, sin ventajas políticas, produce algo que otros consideran valioso para satisfacer sus necesidades? ¿Nos incomoda que con ello alcance éxito y prosperidad? ¿Consideramos que nosotros, sin participar en ese esfuerzo y riesgo, tenemos derecho a recibir parte de la riqueza que esa persona logró? ¿Y esa parte debe entregársenos a cambio de nada? ¿Por qué? ¿Intentamos minar el éxito del otro, pues en la excelencia ajena se reflejan nuestras debilidades, nuestros vicios, nuestra mediocridad? ¿Acaso así habremos expulsado a empresarios, empleados o mentes brillantes que aportaban valor, no hacia un valle oculto en Colorado, pero sí a los Estados Unidos, Chile, Australia, España, Colombia o México? ¿Quién es John Galt? .

*Colaborador de El Diario de Hoy. dolmedo@espinolaw.com @dolmedosanchez