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El quiebre de la institucionalidad

Hace sólo veinte años que, con la excepción de Cuba, América Latina parecía haber superado la maldición que había dominado su vida política desde su independencia: los arcaicos caudillos que han reemplazado con arbitrariedad la vida institucional que ha sido el secreto del éxito de los países desarrollados. Por primera vez en casi dos siglos, todos los países de la región tenían gobiernos electos democráticamente.

Pero el populismo del pasado renació, encarnado en caudillos tan arcaicos como los de los dos siglos anteriores, y la arbitrariedad volvió a florecer en la región. Los presidentes Hugo Chávez de Venezuela, Daniel Ortega de Nicaragua, Rafael Correa de Ecuador, Evo Morales de Bolivia y los dos Kirchner de Argentina, son figuras calcadas de la triste historia latinoamericana de dictaduras populistas. Esta regresión, sin embargo, no se ha dado en todos los países del área. ¿Qué es lo que ha hecho la diferencia para que unos países regresen a los viejos vicios latinoamericanos mientras que el resto continúe, al menos por ahora, en el camino del desarrollo institucional y el progreso? ¿Qué fue lo que abrió la puerta para que regresaran estas figuras del pasado?

Hay una respuesta muy general que explica por qué Latino América ha sido dominada por tanto tiempo por este azote: los caudillos se benefician de la ignorancia de los pueblos. Pero si bien esto explica por qué la América Latina, siendo tan ignorante, cayó por mucho tiempo en esta maldición, no explica por qué algunos países han regresado a ella mientras que otros no, sin que se pueda decir que los primeros son más ignorantes que los segundos. Al fin y al cabo, Argentina es uno de los países en regresión y es uno de los países más educados de la región.

La respuesta a la pregunta parece estar en que la ciudadanía de los países que han retrocedido abandonó el Estado en manos de los políticos sin preocuparse de controlarlos. En todos y cada uno de esos países, los partidos políticos se aprovecharon de este descuido para establecer un caótico régimen en el que lo que privaba para definir las políticas públicas eran los intereses particulares de las cúpulas partidarias. El Estado se descuidó, el Poder Judicial se corrompió, las asambleas legislativas se convirtieron en focos de prebendas y privilegios para los jerarcas de los partidos y sus partidarios más cercanos. El abuso del poder le quitó legitimidad a la democracia, abriendo la puerta para que líderes no democráticos se presentaran como los salvadores del país, ofreciendo limpiar al Estado de la gran corrupción que lo estaba dominando.

Estos nuevos caudillos ganaron aun en aquellos casos--como el de Alberto Fujimori en Perú--, ellos no contaban con un partido formal y bien estructurado. Corrieron contra "el sistema" y ganaron precisamente porque el pueblo creyó que ellos iban a acabar con "el sistema" de corrupción e incompetencia. En la realidad, lo que sustituyeron fue un sistema de corrupción e incompetencia por otro igual pero manejado por ellos, con el agravante de eliminar los mecanismos de balance político que detienen a las dictaduras. Es decir, los caudillos se aprovecharon de la decepción ciudadana ante el caos político creado por los políticos que la misma ciudadanía dejó de controlar.

El Salvador corre el peligro de repetir esta experiencia. No hay entusiasmo en la campaña de las elecciones presidenciales de 2014. Ninguno de los candidatos ha indicado el rumbo que quiere imprimirle al país para resolver sus problemas políticos, económicos y sociales. Todo es más de lo mismo cuando la gente quiere un cambio legítimo, no una palabra vacía que es lo que ha sido en este Gobierno. Como en los otros países latinoamericanos que van en retroceso, los partidos políticos no se han dado cuenta de que el pueblo ha cambiado y quiere algo diferente. Ojalá que despierten y se den cuenta de la realidad en la que viven.

*Máster en Economía, Northwestern University. Columnista de El Diario de Hoy.