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Queda una semana

Pienso que estamos un poco hartos de la omnipresente bulla de la propaganda política, la retahíla sin fin de los anuncios en radio y televisión, las páginas y páginas en los periódicos proclamando las bondades --y las maldades-- del propio candidato o del candidato rival.

No se me va la sensación de que no hay nada nuevo en la campaña: los eslóganes de cada partido son archiconocidos, los jingles y cancioncitas llegan a sonarnos como oír llover, las caras de los candidatos nos parecen tan sabidas que, con excepción de los chistes y las caricaturas, ya no reparamos en ellas. Por lo que vimos en el "debate", bien podíamos habernos ahorrado horas y horas de propaganda, pues fue más de lo mismo.

Tal como se presentan las cosas, cuesta mucho deslindar información y burda propaganda. Los que están y quieren seguir, los que estuvieron y quieren regresar, y el que nunca estuvo, parecen más ilusionistas que comunicadores, embaucadores más que futuros estadistas. Cuesta atinar.

Hemos llegado a un punto en que los mensajes se confunden. Con excepción de los colores y las caras, los mensajes parecen uno solo, por su contenido y por su carga emotiva: mejor conmigo que con otro, la economía va a despegar, la inseguridad a desaparecer, todos van a ser felices si llego a gobernar... Como me dijo un señor sencillo, con fina ironía: "no me aguanto para que llegue el 2 de febrero, pues quede quien quede, nuestros problemas van a desaparecer".

Es verdad que los candidatos han presentado sus programas de gobierno en los foros adecuados, y que si uno no se ha enterado quizá ha sido por negligencia. Los candidatos han hablado largo y tendido acerca de sus planes en reuniones ad hoc, en programas de entrevistas, etc.; pero igualmente es verdad que en muchas ocasiones sólo han recurrido al tópico, y --en el peor de los casos-- a la descalificación del adversario como estrategia electoral.

Los medios de comunicación han tenido su parte en el barullo. De hecho, discernir entre información y propaganda es de la máxima importancia en períodos electorales. Y si algunos periodistas experimentados se han dejado seducir por la comodidad de los tópicos, los ciudadanos ¿qué podemos esperar?

Es cínico pensar que la mentira forma parte de los juegos de guerra política, y que está de más quejarse de algo que no tiene remedio. Y añadir, además, que la propaganda es una herramienta decisiva para llegar a la moral de los electores, y que incluso es válido manipular las palabras, trastocar imágenes y manosear encuestas con tal de llegar a convencer a los que votan. En resumen, presentar la situación de modo que el mismo Maquiavelo palidecería ante la desfachatez de algún jefe de campaña.

La propaganda es lícita, lo que no es lícito es utilizarla engañosamente. De hecho, su definición: "acción o efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores" no presenta en sí misma ningún problema. Sin embargo, cuando se utiliza como vehículo de medias verdades, cuando hay temas que se evitan sistemáticamente, cuando se usa para sacar al sol los trapos sucios del rival; es decir, cuando la información cabal brilla por su ausencia, difícilmente los electores podremos votar con criterio, ponderadamente, sensatamente.

Es mucho lo que nos jugamos como para tomar una decisión sin ponderarla. Aunque falten datos y sobre ficción. Queda una semana, habrá golpes de efecto, gallos tapados que ya están en el palenque o que se están reservando para la próxima semana. Todo sumado, habrá que reflexionar. Y decidir.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org