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"Que todos seamos uno"

"Que todos seamos uno, como Tú, Padre y yo, somos uno". Esta frase que Jesucristo pronunció en la Última Cena, como despedida para sus apóstoles, antes de su Pasión Redentora, las relata San Juan en el Evangelio que escuchamos en la misa de Beatificación de Monseñor Romero, cantado magistralmente por un sacerdote.

Maravillosa visión, la de la imagen del Patrono de la República, el Divino Salvador del Mundo, a cuyos pies se desarrolló la ceremonia, rodeada por casi medio millón de personas, de toda edad y condición, unidas para rezar, y por una vez en muchos años, sin experimentar temor por sus vidas o pertenencias.

A pesar del sol, del calor y del mucho tiempo de pie, los fieles esperaron durante muchas horas el inicio de una ceremonia nunca vista en nuestro país, que revistió toda la solemnidad de la liturgia de la Iglesia Católica, de tradición milenaria. El ingreso de la procesión desde la Iglesia de San José de la Montaña, formada por cientos de seminaristas, por más de mil sacerdotes, revestidos con alba y estola roja, que repartirían la Comunión, los concelebrantes con sus casullas rojas, como es mandatorio para las misas de los mártires, más de cien obispos mitrados, y los cardenales que acompañaban a los delegados papales, demostró desde su inicio, el gran esfuerzo realizado por los organizadores, para tan trascendental ocasión.

Las extraordinarias interpretaciones del coro, fruto de gran dedicación y sacrificio en largos ensayos, ayudaron en gran manera a que se mantuviera el recogimiento y la devoción, ante la mirada amorosa de la Virgen de la Paz, de una bellísima talla de Cristo agonizante y la frase de Monseñor Romero, "Sentir con la Iglesia", petición repetida por todos los presentes, para renovar su fidelidad a la Iglesia y a su cabeza visible, el Vicario de Cristo.

La ceremonia de beatificación de Monseñor Romero ha dejado un clarísimo mensaje que los salvadoreños debemos recibir y hacer propio. Es la hora de la unidad, de recordar que todos somos hermanos, y que luego de la amarga experiencia del conflicto armado, la sangre derramada no ha sido inútil. Sino más bien, debe ayudarnos a la reflexión, a saber perdonar, olvidar y comprender. Porque frecuentemente, es la soberbia lo que nos impide salir al encuentro del otro y extender nuestra mano, convencidos de que el torbellino de violencia en que vivimos, solo puede superarse si dejamos atrás viejos rencores, para emprender juntos el camino del progreso y de la paz.

Que resuene fuerte, como un grito de alerta, el mandato que San Juan Pablo II nos hizo en su visita al país: No instrumentalizar, ni politizar la memoria de Monseñor Romero, sino escuchar su llamado a la solidaridad, a la justicia y a la caridad, como nos invita constantemente el Evangelio. Este es un buen momento para iniciar una etapa de reconciliación, acatando la decisión de la Iglesia, que tras un prolongado estudio de la obra del arzobispo, ha reconocido su martirio para proclamarlo como beato. Es la oportunidad de domeñar la soberbia y rendir el juicio, para lo cual es útil conocer el Diario en que Monseñor Romero abre su alma, para exponer en sus páginas su trato íntimo con Jesús Eucaristía y con su Santísima Madre, reflejo de su intensa vida interior.

Si los salvadoreños luchamos por lograr la unidad, la intercesión de Monseñor Romero logrará que en este pueblo sea realidad la oración sacerdotal de Cristo: "Que todos seamos uno, como Tú, Padre y yo, somos uno".

*Columnista de El Diario de Hoy.