Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Que se prohíban los alcaldes o diputados ad honórem

Si fomentamos los funcionarios ad honórem, estamos favoreciendo a aquellos políticos que tienen los medios económicos para no tener que depender de un sueldo

Se ha puesto de moda en los últimos tres años el ufanarse de que no se está cobrando un salario por desempeñar un cargo público, especialmente entre alcaldes y diputados. Algunos alardean de que donan su sueldo, por supuesto que a una institución de beneficencia, con lo que nos inducen a creer que cualquier desempeño de ellos es aceptable, ya que no representan carga para el presupuesto municipal o general de la nación. Pues yo prefiero que reciban una remuneración justa pero, ¡que la devenguen!

Yo quiero funcionarios que rindan cuentas, a quienes se les pueda exigir obras tangibles, cumplimiento de metas, brindación de servicios, liderazgo, aunque sea un horario o que se presenten todos los días a su lugar de trabajo. Quien alguna vez ha tenido una pequeña empresa o proyecto donde haya alguno que presta sus servicios ad honórem o voluntariamente, debe haber experimentado la frustración ocasional de no poder exigir ni siquiera lo mínimo, como decir asistencia o puntualidad, sencillamente porque el colaborador no está obligado contractualmente, pues no recibe una retribución monetaria.

¿Se le puede medir a un empleado que no percibe salario, con la misma vara que se utiliza para evaluar a uno que sí recibe una compensación en planilla? Para evitar este problema, lo mejor es obligar a todo funcionario público a tiempo completo, a que reciba un salario acorde a la responsabilidad del cargo que se asume. Esto previene doble estándares en la rendición de cuentas y la medición de desempeño. ¿Para qué queremos funcionarios que se escuden en lo “barato” que nos resultan, si su mediocridad nos puede costar carísimo a los contribuyentes? Basta revisar algunas megaobras inconclusas recientes para corrobora lo anterior. A propósito nos hemos limitado solo a mencionar la incompetencia en el desempeño, excluyendo otras motivaciones ulteriores que puedan reñir claramente con la ética o la misma ley.

Se puede identificar en estas posturas, una tendencia de tipo discriminatorio contra aquellos que no pueden darse el lujo de prescindir de un salario, debido a que ejercen la función legítima e importante del servicio público para ganarse la vida. Nadie debe avergonzarse de ser un funcionario público de carrera, siempre y cuando se tengan las credenciales y actitudes requeridas. Aquí, de nuevo, se ignoran aquellos “funcionarios públicos” que no llenan ni los requisitos básicos de formación académica, moralidad notoria o el perfil profesional apropiado, pero que como galardón a su lealtad partidaria reciben nombramientos que dejan secuelas muy onerosas a su paso por cargos públicos. Esto último como consecuencia del derroche causado por las malas decisiones en el ejercicio de sus funciones. Estas ratas de gobierno deberían aspirar a lo mucho a plazas en el partido que los apadrina, con gastos sufragados por sus colegas políticos.

Si fomentamos los funcionarios ad honórem, estamos favoreciendo a aquellos políticos que tienen los medios económicos para no tener que depender de un sueldo; con lo cual, estamos excluyendo a la mayoría que brinda sus servicios profesionales a cambio de un salario. No está lejano el día que uno de estos “voluntarios” nos responda airado: No me reclamen, pues ninguno de ustedes me está pagando ni un centavo. Como quien dice, agradezcan que algo hago, ya que no estoy obligado a retribuirles nada.

La contraparte de esta tendencia es la de esperar servicios del Estado sin aportar nada. Es preferible pagar aunque sea, digamos, un dólar mensual por aseo y limpieza, alumbrado público y pavimentación a la alcaldía, ¡porque con ello puedo reclamar por un servicio no brindado o realizado a medias! ¿De qué me sirve no tener que pagarle a ANDA, si luego no tengo derecho a exigir el servicio de agua? No vaya a ser que un día me respondan: Agradezca que recibe algo... ¡a cambio de nada!

*Asesor Financiero,
MBA, Wharton School.