Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Lo que James Cameron no tuvo y los salvadoreños desperdiciamos

El representante gremialista invocó al barco y el representante estadista a las ratas. En medio de la trama ocurrida el pasado 29 abril durante el Encuentro Nacional de la Empresa Privada (ENADE) --que más pareció un desencuentro--, recordé algunas escenas del Titanic; la película dirigida por James Cameron sobre la trágica y corta vida del trasatlántico británico. Ambos naufragios, uno en forma de metáfora y otro en los libros de historia, me llevan a la siguiente pregunta: ¿No han visto el témpano de hielo que amenaza a El Salvador? Si aún no lo ven, vamos a razonarlo por partes.

Primera parte: la punta del iceberg. La retrospectiva permite una valoración histórica más racional, más apropiada. Entre 2009 y 2010, se observó un clima de estabilidad y de expectativas. Una transición presidencial sin violencia, la elección de un tribunal constitucional "de lujo" --según dijo un diputado en aquella coyuntura-- y un ENADE con sabor a diálogo, dibujaban un mar de relativa paz. Pero al igual que en el Atlántico Norte, la paz es relativa, el frío patente y la noche silente. El iceberg apareció en 2011 cuando, en un primer intento decidido a frenar el trabajo de la Sala de lo Constitucional, vía legislación, se aprobó y sancionó el decreto transitorio 743 para detener a cuatro jueces independientes en menos de 24 horas.

Segunda parte: los tripulantes tocan la campana. Con el 743 y la última crisis institucional de 2012, cada vez son más las organizaciones y los líderes que ven la punta del iceberg y deciden unirse para un propósito totalmente legítimo y sensato: gritarles a los delegados en el timón sobre la amenaza que se aproxima. Mientras tanto, otros ya empiezan a identificar el cuerpo flotante del témpano, sus grietas en el aparato estatal y en la economía nacional. En la medida en que los gritos continúan sin eco alguno, se acerca la parte más oscura, impredecible y destructiva del iceberg, su parte inferior.

Tercera parte: hacia la base del iceberg. Luego de una crisis económica internacional de la que el barco no logra salir, se acerca un ajuste fiscal inevitable que se traduce en más personas en situación de pobreza. Lo anterior sin considerar otros problemas --algunos más patentes y otros más latentes-- como la criminalidad o la periódica vulnerabilidad ante desastres naturales. Son esos momentos en los que se necesita confiar en las instituciones, saber que las respuestas de las élites políticas serán previsibles porque actuarán conforme a derecho y no de manera arbitraria, creer en que todavía es posible evitar la colisión con el témpano... También son esos momentos donde se espera un diálogo propositivo, en el que funcionarios y empresarios, entre otros sectores, lleguen a entendimientos.

Sin embargo, para decepción de muchos, lo anterior sucede poco en El Salvador. Al contrario, en el país no se sabe qué nuevo fallo se va a desobedecer, cuál excusa evitará transparentar el financiamiento de los partidos políticos o hasta cuándo se sabrá el gasto de Casa Presidencial en publicidad y en viajes o de la Asamblea Legislativa en obras de arte. En El Salvador de 2013, tampoco existen acuerdos mínimos sobre cómo mejorar la educación, alcanzar la competitividad y derrotar la pobreza. Nada de eso.

Cuarta parte: el barco choca y se hunde. Esta parte es sólo una alternativa de guión, la escena ni siquiera ha sido producida aún. A mis 24 años, deseo disfrutar mi vida en el buque en que zarpé, pero todo depende de qué tan rápida y eficazmente actuemos. Lo que James Cameron no tuvo y los salvadoreños desperdiciamos, es la capacidad de cambiar una historia anunciada. Para ello se necesita que otros se sumen a gritar, a tocar la campana, a exigir el respeto al Estado de Derecho y la construcción de políticas públicas responsables; en otras palabras, se requiere más participación ciudadana y menos desencuentros penosos. De allí que la campaña presidencial pueda ser la última oportunidad para enrumbar el barco al obligar a los presidenciables a establecer posiciones claras y generar debates de altura. Si no participamos ni exigimos, la metáfora se convertirá en una triste realidad y los libros de historia recordarán nuestra lamentable pasividad.

*Investigador de estudios políticos.

@Guillermo_MC_