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¡Que no haga nada!

Yo le pediría al próximo presidente (hombre o mujer) que no haga nada. O casi nada nuevo. Que no invente. Que solo haga un gobierno honrado y que mejore lo que tenemos: puertos, aeropuertos, carreteras; fortalecer las instituciones

El hecho de haber estudiado secundaria en Costa Rica me marcó. Y no es que haya llegado a Europa. En realidad se trata de un pequeño país a pocos kilómetros del nuestro, donde la gente habla español y el clima es prácticamente igual. 

 Dejando a un lado la experiencia que significó estudiar en un colegio enclavado en una especie de parque natural entre la tranquila ciudad de Alajuela y el exuberante volcán Poas, con alumnos de naciones diversas y un profesorado de primerísimo nivel; me impresionó Costa Rica.

Con casi 15 años de edad, ya había vivido la experiencia de las traumáticas elecciones de 1972, la intentona de golpe de Estado de ese año, la guerra con Honduras en 1969, el surgimiento de las guerrillas, el secuestro y asesinato de un joven empresario y otros episodios de sangre y terror.

Ya había leído sobre los sangrientos sucesos de 1932 y la sucesiva historia de gobiernos autoritarios, plagada de cuartelazos, traiciones de compadres uniformados, la mano dura contra la oposición civil y el fuerte contraste económico en un país donde casi no había clase media. 
Nunca me gustó el aspecto de guardias y policías, cuyos uniformes de cascos metálicos, polainas y fusiles de guerra me recordaban a los siniestros soldados nazis que veía en la popular serie de televisión “Combate”, muy de moda en los sesenta. 

Llegar a Costa Rica, un país sin ejército, en donde la policía de tránsito en lugar de armas portaba un desatornillador para quitar las placas a los infractores, donde la gente caminaba por los parques hasta altas horas de la noche, hacía fila para tomar el bus; un país de ciudades limpias y sin una pobreza tan aguda. 

Llegué en plena campaña electoral de 1974, cuando ganó las elecciones Daniel Oduber. El proceso electoral era de verdad una fiesta cívica. Había banderas de cada partido en una misma casa. Ni un solo preso por opositor, ni exiliados, ni muertos. Me impresionó todo eso. Y no pude dejar de sentir tristeza por mi país. 

Estamos, como decía, en la misma zona geográfica, hablamos el mismo idioma, producimos casi lo mismo, económicamente somos bastante similares. La enorme diferencia entre Costa Rica y El Salvador es el desarrollo humano y la calidad de vida muy superiores en ese hermano país. Y eso tiene un impacto enorme en el sentimiento de orgullo de los ticos, en su tranquilo sistema nervioso colectivo e incluso hasta en la forma cómo sus futbolistas, de condiciones como los nuestros, le plantan cara a los mejores del mundo.

Y sin embargo, cuando uno recorre El Salvador, este sorprendente pedacito de tierra, se da cuenta de lo increíblemente bello que es. Sus magníficas playas, las preciosas montañas del norte, el espectacular paisaje de lagos y volcanes de forma icónica perfecta. Pocos países tienen los espectaculares cielos, amaneceres y atardeceres que tiene El Salvador. Vista desde el aire, nuestra patria parece una postal de encanto.

Pero es una fotografía, que si uno se acerca más, ve la sangre por todos lados, la suciedad, el caos, la contaminación de los ríos y la crispación, la frustración y el miedo colectivos dibujados en los rostros de todos. 

Yo le pediría al próximo presidente (hombre o mujer) que no haga nada. O casi nada nuevo. Que no invente. Que solo haga un gobierno honrado y que mejore lo que tenemos: puertos, aeropuertos, carreteras; fortalecer las instituciones. Pero especialmente que encuentre la forma, junto a todos, de alcanzar la paz social, de limpiar los ríos y playas, ordenar las ciudades y fomentar, por Dios, la armonía social a pesar de las lógicas diferencias. El próximo presidente, no podrá hacerlo solo. Tendrá que haber una toma de conciencia y un cambio cultural interno en cada uno de nosotros.

Podemos hacerlo. Querer es poder. Y si lo logramos, se que se puede, El Salvador será el lugar donde todos adoraremos vivir, y muchos regresar. El país más visitado por los turistas, el más, el de mejor clima para negocios y por consecuencia, el del empleo, la seguridad y la alegría. Uno de los países, lo digo alejado de cualquier patrioterismo barato, más hermoso del mundo.

* Columnista de El Diario de Hoy.
marvingaleasp@hotmail.com