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Lo que la gente rechaza

El desempeñar un alto cargo de elección popular como el de presidente de la República es una oportunidad única y por supuesto un privilegio de unos pocos para hacer obra que beneficie al país como para ganar amigos, hacer lo contrario, además de insensato, es echarse encima la maldición de quedar marcado y etiquetado de por vida.

La ostentación y pompa es de lo más señalado y comentado: ¿Para qué tanta suntuosidad y boato en mansiones, vehículos, relojes, jets privados, helicópteros, caravanas para el hombre, mujer e hijos, si somos un país pobre y tremendamente endeudado? Está bien que lo hagan los que se ganan el dinero con el sudor de su frente. ¿Será que nos envían el mensaje que les importa un bledo gastarse nuestros impuestos?

¿Por qué tanto despliegue y despelote de la seguridad en los edificios públicos, inauguraciones, carreteras, colegios, hospitales y aeropuertos para proteger a una familia, en cambio se hace muy poco para proteger a miles y miles de negocios, que por cierto pagan sus impuestos, que apenas sobreviven acosados por los extorsionistas?

Al salvadoreño le chocan los desaciertos y retrocesos debidos a la falta de idoneidad del presidente y asesores que le rodean, también cuando se evidencia doble moral en el manejo de asuntos delicados y, naturalmente, el discurso cambiante según la conveniencia de los funcionarios. Se critica mucho el populismo barato disfrazado de programas, resabios de dictaduras de otras épocas.

También chocan los que aparentan moderación, equidad y otros valores pero que en la práctica se comportan todo lo contrario. Y, por supuesto, aquellos que carecen de la sabiduría suficiente, nobleza, modestia y buen sentido como para tolerar otras formas de pensar, opiniones y opciones de solución. No se diga los extremistas que llegan al nivel de prejuzgar, señalar y hasta desacreditar, que no tienen la capacidad para quedarse callados alguna vez, ni modo, terminan cayendo como tropezón en ayunas.

El rechazo es evidente cuando los mandatarios ofrecen combatir la corrupción y usan los recursos del Estado en campañas electorales y se valen del cargo para hacer proselitismo aunque después actúan como si no han hecho nada. Los gastos excesivos en propaganda sobre supuestos logros, algunos discutibles y otros sin finalizar. El rechazo sube de tono cuando hay evidentes intentos de querer engañar a la población, por ejemplo cuando se cacarea una "meritocracia" que existe solamente del diente al labio y cuando se utiliza el disfraz de "asesor" para darles chambas a parientes, compadres, amigos, queridas elevadas de rango y activistas desempleados.

No solo hay rechazo sino también deterioro de imagen cuando sale a la luz una vida privada no tan ordenada que digamos, que todo mundo comenta como si fuera una telenovela.

Dice el dicho popular que "el indio no tiene la culpa sino quienes lo ponen a repartir chicha"; no obstante, en los casos de gobernantes con conductas extremas queda la duda de si los partidos políticos que seleccionan a los candidatos se equivocan o lo hacen adrede. Parte de la culpa la tienen algunos asesores cercanos que utilizan al presidente para desahogar sus propios resentimientos y los aduladores de siempre, capaces de elevar a categoría de sublime su forma de sonarse la nariz, sus frases por comunes que sean y sus exabruptos.

*Doctor en Medicina. Colaborador de El Diario de Hoy.