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Que Dios y Washington protejan al pueblo cubano

Hace un mes Barak Obama anunció su nueva política hacia Cuba como parte del acuerdo promovido personalmente por el Papa Francisco. Asumió una gran responsabilidad al adoptar una decisión ejecutiva, limitada a materias que no requieren aprobación del Congreso (en 1996, el embargo de 1960 se convirtió en ley). En un discurso extraordinario explicó la lógica de la opción adoptada que se puede cuestionar pero no descalificar a priori. Es la lógica del compromiso que estimula concesiones de la contraparte a cambio de ventajas que se le ofrecen.

El discurso de Raúl Castro fue calculado. Justificó la normalización de las relaciones definiendo su objetivo de alcanzar un "socialismo próspero y sostenible" (reconociendo el fracaso de su régimen). Reiteró las enormes diferencias entre la Cuba castrista y EE. UU., comenzando por los conceptos de democracia y derechos humanos. Terminó afirmando que "debemos aprender a convivir en forma civilizada con nuestras diferencias".

Comentando el acuerdo ("Entre el pragmatismo y los principios", dije que debería servir para que nuestras democracias exijan "respetar los derechos fundamentales de los cubanos, honrando las obligaciones jurídicas contraídas en la Carta de la OEA y la Carta Democrática Interamericana". Son convenciones vinculantes que el gobierno cubano detesta. Pero se ha rogado a Castro que concurra a la próxima Cumbre Interamericana en Panamá, sin condición alguna. Es obvio que la invitación no obedece a una "lógica del compromiso" que la justifique. Solo expresa, indignamente, el sometimiento colectivo a la mayoría latinoamericana capitaneada por las "democracias dictatoriales" del ALBA. Su propósito explícito es disolver la OEA mediante mecanismos como CELAC y UNASUR, cuya normativa permite —se diría que alienta— la proliferación de regímenes que no respetan el Estado de Derecho, inherente a la democracia representativa.

Quiere decir que la esperanza de rescatar las libertades y derechos del pueblo cubano está confinada a las concesiones que EE. UU. arranque a la durísima dictadura castrista. Sin embargo, ignorando el equilibrio de toda negociación, Washington regala un impresionante compendio (unas treinta páginas) de medidas migratorias, comerciales, financieras y de seguros, de turismo, telecomunicaciones, cooperación, etc., aplicables desde el pasado viernes 16 de enero. Es una muestra gratuita de voluntad antes de la reunión bilateral en que, primero, se tratará sobre migraciones y, después, sobre los principios y secuencia del restablecimiento de relaciones diplomáticas y apertura de embajadas. Los principios del proceso aún están por convenirse, pero se aprueban medidas que soslayan la detención de varios disidentes en La Habana (sueltan a unos pero apresan a más).

Es triste la realidad del pueblo cubano. Vive sin libertad ni autodeterminación; con una ración alimenticia miserable; un sueldo mínimo equivalente a 10 dólares; una economía familiar nutrida por propinas de turistas; y una moneda convertible (CUC) que discrimina a los que sobreviven con pesos cubanos.

Estos son los verdaderos parámetros de la enorme responsabilidad moral de Washington y el Vaticano. Esperemos que estén a la altura, porque América Latina no lo está. [©FIRMAS PRESS].