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Primavera en Guatemala

Hay gente que dice: ¿si en Guate se pudo, con una CICIES, cómo no vamos a poder aquí? Podríamos, estoy seguro, pero si comenzamos por unirnos contra la corrupción de manera incondicional, sin bandera ni partido

Sin ir muy lejos, aquí al lado, y sin pretender dar lecciones, los guatemaltecos nos han enseñado que la gente común y corriente puede cambiar el modo de hacer política. 

Es sabido que la democracia no consiste solo en votar periódicamente, sino principalmente en lograr que quienes detentan cargos de gobierno, en vez de mandadores sean mandatarios: es decir, que en lugar de que hagan lo que les dé la gana y administren arbitrariamente la cosa pública (en el fondo, su dinero, estimado lector, y el mío); representen legítimamente nuestros intereses.

Lo que han logrado los vecinos es mucho más importante que quitarle la inmunidad legal al equipo que presidía el poder Ejecutivo. Han conseguido, respetando la institucionalidad y a partir de la misma, abrir brecha en una enmarañadísima selva de corrupción dentro del aparato del Estado, y consolidar las bases de una democracia real. 

Eso que en el conjunto podría parecer menor, es sumamente importante: no es solo un cambio en el sistema, sino también un cambio de sistema.

No nos engañemos: si bien la famosa CICIG ha sido la clave (una llave forjada durante siete años de arduo trabajo) que abrió el cerrojo de la fortaleza en la que estaban parapetados los corruptos, la puerta no se hubiera abatido sin el empuje de la ciudadanía, el papel de los medios de comunicación, y el uso de las redes sociales para hacer posible la organización de la protesta. 

Todo comenzó cuando los ciudadanos se vieron hartos de la corrupción y se dieron cuenta de que también el vecino, el que pensaba diferente, el de otra clase social, todos… también lo estaban. Pero esa unidad popular, habría sido intrascendente si no hubiera existido al mismo tiempo la esperanza de una posibilidad real de someter a juicio a los sospechosos. 

Es decir, que la presión ciudadana en la calle habría tenido un futuro irrelevante sin la certeza de que los Señores Pérez y Baldetti llegarían a los juzgados, a unos tribunales imparciales y justos; y a su vez, el clamor de la gente no habría sido eficaz, si no hubiera tenido dónde expresarse ni organizarse: sin las redes sociales ni la cobertura noticiosa y de influencia en la opinión pública, a cargo de los medios de comunicación. 

A lo anterior se sumaron tres características muy importantes: la primera, una presión ciudadana sin banderas políticas particulares, sin partidismos ni parcialidades ideológicas; la segunda, un profundo respeto a la diferente manera de pensar de los otros, y un acuerdo unánime en cuanto al rechazo de los corruptos y , la tercera, una persistencia admirable, que llevó a muchos ciudadanos a reunirse sábado tras sábado, al principio casi sin esperanza y, al final, con la seguridad del triunfo, para pedir que el presidente y la vicepresidenta fueran sometidos a las leyes como ciudadanos comunes y corrientes.

La CICIG fue un catalizador imprescindible, es cierto. Pero dicha Comisión habría sido nada sin la fórmula: objetivo común+esperanza real+presión ciudadana+medios de comunicación+redes sociales. 

Y para poner la cereza en el pastel, después de que se lograra el primer objetivo, la gente se volcó en las urnas, para darle un espaldarazo a la democracia. No solo se sabían protagonistas sino que quisieron serlo de veras. Y allí están los números: un porcentaje de votantes nunca visto en Guatemala.

Hay gente que dice: ¿si en Guate se pudo, con una CICIES, cómo no vamos a poder aquí? Podríamos, estoy seguro, pero si comenzamos por unirnos contra la corrupción de manera incondicional, sin bandera ni partido. Mientras no lo logremos, todo se quedará en miradas de envidia a la grama del vecino, que también, políticamente, se mira siempre más verde.


*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare