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¿Es posible una estrategia de desarrollo en clave regional en Centroamérica?

Tomando en cuenta sus orígenes históricos, su posicionamiento geográfico, así como la pequeñez de sus territorios y de sus economías, parece natural que los países centroamericanos vean su integración como una estrategia más eficaz para gestionar problemas comunes o para aprovechar ciertas oportunidades, que si actúan individualmente.

No obstante, según el politólogo costarricense Rodolfo Cerdas, "la consigna siempre ha sido ir solos cuando se puede y unidos cuando se necesita". Aun así, desde 1950 ha habido algunos momentos en los que se le ha apostado verdaderamente a la integración.

El más importante hasta ahora ocurrió entre 1950 y 1979, durante la vigencia del modelo de industrialización por sustitución de importaciones (MISI), dentro del cual el aporte de la integración regional fue fundamental. La idea era que para que las industrias nacientes se pudieran desarrollar necesitaban mercados de dimensiones mínimas y protección contra los productos importados que competían con la producción regional. Ello fue posible mediante la creación de una zona de libre comercio más un arancel externo común escalonado con tarifas elevadas a la importación de los bienes producidos por las industrias nacientes y bajas para las materias primas y bienes de capital no producidos en la región. Los resultados del binomio MISI-integración en términos de su contribución al crecimiento económico, diversificación de la producción y de las exportaciones, ampliación de la infraestructura, expansión de los mercados internos y de la base empresarial, entre otros, fueron bastante satisfactorios, aunque con marcadas diferencias entre los países participantes.

Entre 1980 y 1990, la combinación de crisis económicas y conflictos armados internos provocó que cada uno de los países centroamericanos tratara de encontrar soluciones individuales a sus problemas particulares. Producto de ello, aunque ningún país denunció formalmente el Tratado General de Integración Económica Centroamericana, lo cierto es que todos lo violaron, perdiéndose gran parte de los avances que se habían logrado. Lo único positivo en este período fueron los esfuerzos realizados en favor de la pacificación regional que culminaron con los acuerdos de Esquipulas I y Esquipulas II.

Los años noventa inician con la decisión de reactivar el proceso de integración regional. Para entonces estaba en pleno auge del denominado "Consenso de Washington" por lo que el papel asignado a la integración ya no radicaba en asegurar mercados cautivos para las empresas del Istmo, sino en facilitar la inserción de los países al proceso de globalización de la economía. La percepción era que los inversionistas localizarían sus empresas, de preferencia, en aquellos países donde se pudieran producir bienes o servicios al más bajo costo, ganando acceso al mercado más amplio y enfrentando la menor incertidumbre con respecto al acceso a los mercados globales. En congruencia con esta visión, los países centroamericanos luego de reactivar su proceso de integración económica, suscribieron tratados de libre comercio con sus socios más importantes (México, República Dominicana, Chile, Chile, Panamá, Estados Unidos, Taiwán, Canadá y la Unión Europea), pero no actuando como una sola parte, sino de manera separada.

Pese a la fuerte expansión del comercio intra y extrarregional, la ilusión provocada por ese regionalismo abierto poco a poco se fue transformando en desencanto; generándose fuertes dudas sobre si la región efectivamente estaba aproximándose al objetivo de alcanzar un desarrollo socioeconómico equitativo y sostenible, así como sobre la calidad de las transformaciones que se estaban generando en sus estructuras productivas, sociales y tecnológicas. Además, los temas económicos fueron perdiendo peso en la agenda de integración, debido a la emergencia de nuevos desafíos tales como la presencia creciente del narcotráfico, el auge de las pandillas y el aumento en la frecuencia de desastres asociados al cambio climático, que requieren respuestas regionales coordinadas.

Actualmente los esfuerzos se están reenfocando alrededor de cinco pilares: seguridad democrática, desastres naturales y cambio climático, integración social, integración económica y fortalecimiento de la institucionalidad regional. Pese a ello, la integración parece seguir estando vaciada del discurso desarrollista que le caracterizó especialmente durante la vigencia del MISI. Por eso conviene preguntarse si es posible concertar una estrategia de desarrollo en clave regional en Centroamérica. Y si la respuesta es positiva, la otra pregunta sería, ¿qué papel debería de asignarse a la integración?

Yo creo que sí es posible, pero que en el contexto actual, el objetivo de la integración debería ser la transformación de Centroamérica en una potencia productiva y exportadora de alto desarrollo humano, para lo cual habría que dar prioridad en términos de coordinación y recursos a políticas tales como la educativa, la industrial, la logística, la laboral, la agrícola, la financiera y la de modernización del Estado; así como a las de seguridad ciudadana y gestión de riesgos. Todas ellas, indispensables para reducir los costos de producir en el territorio centroamericano y para hacer del mismo un espacio atractivo para inversiones intensivas en la generación de trabajos decentes.

*Economista, jefe del PNUD.