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Posibilidades y límites del perdón

En su libro "El Girasol", Simon Wiesenthal relata que durante su cautividad en campos de concentración nazis fue llamado a solicitud de un soldado SS, mortalmente herido, que le contó de las atrocidades que había cometido contra los judíos y que, consciente de su próxima muerte, le pidió perdón. Simon solamente guardó silencio y salió de la habitación. Poco después el SS había muerto dejándole todas sus pertenencias, un gran tesoro en un campo de concentración. Pero Simon las rechazó. En la primera parte de su libro, Simon pregunta: "¿Debería haberle perdonado? (…) ¿Fue mi silencio al lado del lecho del nazi moribundo correcto o incorrecto?"

El corazón de la pregunta es un dramático desafío a las posibilidades del perdón. ¿Es siempre posible el perdón? ¿Hay algunas situaciones en las cuales el perdón es imposible? Cuando se trata de acciones inhumanas como las atrocidades contra los judíos ¿es permisible el perdón o sería una traición a la justicia? Y quizá lo más desafiante: ¿Puede un moribundo soldado SS que cometió enormes delitos contra inocentes encontrar el perdón de los demás seres humanos?

Antes de dar opiniones irreflexivas que trivializarían las vidas y las muertes de millones de personas, debemos preguntarnos ¿quién debería responder la pregunta de si otorgar tal perdón es posible? Karl, el soldado SS, intuía la necesidad de recibir el perdón de la persona indicada. Por ello solicitó que le llevaran a un judío. Él sabía que solamente un judío podría encontrarse en la posición ética necesaria para darle una respuesta. No se puede ofrecer perdón a nombre de aquellos que han sufrido crímenes monstruosos. No tenemos derecho a hablar por ellos. No podemos hablar de las posibilidades del perdón a nombre de Simon Wiesenthal quien, por ejemplo, perdió a 89 de sus familiares en el Holocausto. Perdonar es un acto de la voluntad y solamente el que sufre está calificado para tomar la decisión.

Ni siquiera nosotros podemos afirmar lo que habríamos hecho frente a tal solicitud de perdón mientras no nos encontremos en la situación real de quien sufre. Podemos conjeturar sobre lo que esperaríamos haber hecho, pero tales conjeturas carecen de la experiencia abrumadora del dolor injustificado. Con demasiada frecuencia se escucha pontificar sobre el perdón a aquellos que experimentan incomodidad sobre las demandas de justicia que perturban el ambiente para hacer negocios. Con suficiencia excesiva declaran cerradas las heridas de las víctimas y presionan para que, a su criterio, no se vuelvan a abrir. Solamente permaneciendo cercanos a las víctimas podremos percibir un poco de su sufrimiento y perplejidad. En la medida que nos alejemos seremos cada vez más y más insensibles. Nos volveremos duros y comenzaremos a criticar el luto interminable del que sufre la alienación y el desprecio de la sociedad y sus instituciones. Ni 20, ni 30 ni 50 años resultan suficientes para cerrar las heridas que fueron abiertas por la maldad humana y que las mantiene así, vivas, por la indiferencia ante tal maldad. Por ello, que respondan las víctimas. Que respondan quienes sufrieron la pérdida de los suyos. Que sean ellos, los únicos autorizados éticamente, para decir si sus heridas están abiertas o cerradas. Para decidir si perdonan o no a sus agresores. Principalmente cuando tal perdón ni siquiera se les está implorando.

*Pastor general de la misión cristiana Elim.