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Por decencia hay que hablar de la falta de austeridad legislativa

En la plenaria del pasado jueves, la mayoría de diputados se aplaudieron, se felicitaron y casi bailaron de alegría porque se había aprobado el presupuesto de la Asamblea Legislativa para 2015 que asciende a 58.5 millones de dólares; la felicidad de los legisladores se debió a que esta cifra es semejante al presupuesto de 2014, lo que quiere decir que no hubo aumento.

Amén de la poca transparencia en la elaboración del presupuesto, sobre todo por algunos cambios de partidas, incluyendo el aumento de un millón de dólares para incrementos salariales, los diputados no solo cerraron filas de manera corporativa para defenderse, sino también se hicieron pasar por "austeros", acordes con la crisis financiera que vive el país.

Sin embargo, como ocurre en todo conglomerado social, hubo voces discordantes que se atrevieron a romper el silencio y aseguraron que el presupuesto pudo haberse disminuido de manera sustancial y que los privilegios que gozan los directivos de la Asamblea Legislativa pudiesen haber sido recortados. Trajeron a cuenta los sobresueldos, los vehículos de años recientes, entre otros. Además, se refirieron a los constantes viajes al extranjero que suelen realizar "muchos diputados". De inmediato sonó la voz de la presidencia de la Asamblea quien señaló que se trata de "discursos bañados de austeridad, motivados por cuestiones electorales…".

No es mi interés entrar a esta discusión ni alabar o despotricar contra uno u otro diputado, mucho menos justificar la labor de la prensa ante opiniones como la manifestada por el presidente de la Asamblea quien dijo textualmente: "Dicho sea de paso, yo esperaría a que algunos periódicos de este país que quisieron hacer de este tema del presupuesto de la Asamblea otra de sus banderas para atacar a los diputados y diputadas y al ente legislativo, tengan la decencia el día de mañana de publicar el presupuesto de la Asamblea Legislativa, y tengan la decencia de aceptar que han estado mintiendo de una forma cobarde y antiética, sin conocer los procesos internos y totalmente legales y constitucionales que implica formular el presupuesto".

No son los medios de comunicación ni los periodistas los que desprestigian y crean mala imagen a la llamada clase política, sino que son las mismas actuaciones de los políticos las que abofetean a la población.

Entremos en materia: ¿Por qué los privilegios?, me refiero a los siguientes: contar con onerosos seguros médicos y de vida, por cierto, privilegio que al parecer ahora ha disminuido lo que les permite reorientar parte de estos fondos a otros rubros. El financiamiento para el uso de gasolina, teléfonos y los directivos a un sobresueldo, vehículos y guardaespaldas. También los gastitos en fiestecitas, recuerditos y ahora hasta mecenas culturales. Los viajes al extranjero, que por supuesto son necesarios, hechos a diestro y siniestro en primera clase; incluso, en estos viajes oficiales llevar de acompañante a la esposa, a hijos y a alguna amiguita (aunque se diga que estos costos son sufragados por los propios diputados).

Golpea a la opinión pública que los señores legisladores no laboran como cualquier empleado. Sí, como usted y yo, tenemos que levantarnos temprano y dirigirnos a nuestros trabajos en un carrito o en bus, esto sale de nuestro sueldo y el mismo origen tienen el valor de la gasolina y del pasaje. En la oficina, no me cobran el café y agua que nos dan, pero no va incluida la merienda durante las reuniones, ni mucho menos el almuerzo. Y qué decir si me enfermo, el Seguro Social es el recurso que tengo, por no decir el Rosales o el Zacamil.

Pero estas son nimiedades, diría algún diputado, y puede que sea cierto, aunque hablando en dinero para los diputados esto tiene que ver con un poco más de 12 millones de dólares, cantidad que se destina para los rubros adquisición de bienes y servicios. Lo de fondo, tiene que ver con otras cuestiones: la incapacidad para imaginar y por supuesto generar las condiciones de un presupuesto radicalmente menor que se ponga a la altura de las exigencias de la crisis financiera que padece el Estado. ¿A qué me refiero? Disminuir drásticamente el gasto (porque esto es gasto, señores, no inversión) de un poco más de 36 millones de dólares destinados a remuneraciones.

Si realmente fuesen conscientes, habría que disminuir este rubro lo cual se puede hacer al menos por tres vías que, en apariencia, los diputados rehusan transitar: uno, bajar los salarios; dos, disminuir la cantidad de empleados, y tres, reducir el número de diputados, pero todo esto les debe sonar a herejía...

*Editor Jefe de El Diario de Hoy

ricardo.chacon@eldiariodehoy.com