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#PongámonosSerios

Ha llegado el momento de ponernos serios, vernos en el espejo y reflexionar: ¿qué puedo hacer yo para no fomentar la cultura de corrupción?

Me entristece mucho que aquellos recuerdos negativos de mi infancia y adolescencia nuevamente están presentes en nuestro país: hermano contra hermano, salvadoreño asesinando a salvadoreño, miedo, angustia, éxodo de familias; y mientras todo esto pasa, nos hemos acostumbrado a este modo de vida y lo aceptamos como “nuestra realidad actual”. El Salvador está tristemente sumido en la mediocridad, siendo ésta, uno de los elementos que nos ha llevado al enorme nivel de corrupción e impunidad que hoy tenemos. No quisiera aburrir a nuestro amable lector hablando sobre la ausencia de liderazgo en el gobierno, lo ridículo que suena cuando altos funcionarios hablan, como enorme logro, que este año la economía y las exportaciones crecerán más que el año pasado, la falta de medicinas en los hospitales mientras se gastan miles de dólares en propaganda sobre proyectos mediocres que generan poquísimo o nulo valor (existen muy pocas excepciones por supuesto), la ridícula crítica a la campaña de Unicef y David Beckham acerca de la indignación que nuestro país tenga la tasa mas alta de homicidios del mundo, no digamos sobre el país totalmente ficticio y fantasioso que se encargan de vendernos a diario, pues se basan en la teoría de que una mentira dicha cien veces se convierte en verdad.

Si el lector me lo permite, quisiera que hablemos sobre nosotros los salvadoreños. La compleja crisis que atravesamos no se resuelve con la renuncia del gabinete, ni se resolverá eligiendo a un gobierno que no sea corrupto: se puede resolver impulsando un cambio en nuestro comportamiento, y ese cambio debe ir apegado a nuestros valores. La cultura de corrupción está lastimosamente incrustada en nuestra forma de vivir; ésta se hace evidente en aquellas cosas “pequeñas” como por ejemplo cruzarnos la doble línea amarilla en la calle, dejar estacionado el carro donde no se debe, no pedir factura, pedir al motorista del bus que pare a media calle para que no me toque caminar tanto, tirar la basura a la calle, pedir favores a funcionarios públicos, dar mordidas, evadir impuestos. Todos estos ejemplos son culturalmente aceptables, los vivimos a diario… y sin embargo, siendo hechos lamentables, si no los cambiamos, ¿como pretendemos cambiar al país? 

Esta cultura de corrupción es sumamente atractiva ya que el costo de oportunidad de ser corrupto es, hasta ahora, muy bajo pues prácticamente no existe una repercusión social, mucho menos legal. Esas cosas pequeñas deben ser motivo de nuestra indignación. ¿Por qué cuando los salvadoreños visitamos otros países no tiramos la basura a la calle, hacemos cola como todo el mundo, los buses paran en sus respectivas paradas, ordenadamente y sin relajo? Sencillo: porque en otros países con más educación, las personas saben que tienen una repercusión (social o legal) si no actúan de manera correcta y actuando por el bien en comunidad.

Ha llegado el momento de ponernos serios, vernos en el espejo y reflexionar ¿qué puedo hacer yo para no fomentar la cultura de corrupción? Si no somos capaces de ver que nuestras acciones también contribuyen a las aberraciones que cometen y han cometido nuestros gobernantes, ¿cómo esperamos que el cambio que tanto anhelamos sea real?

Ya lo decía Mahatma Gandhi: “Sé tú el cambio que deseas ver en el mundo”. A los oportunistas les encanta hablar sobre nuestros derechos: yo los invito a reflexionar sobre cuáles son nuestras obligaciones como ciudadanos antes de exigir derechos. #PongámonosSerios.

*Colaborador de El Diario de Hoy.
@tonorodriguezu