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Política y realidad

Es sabido que quienes gobiernan corren el peligro de pensar que la realidad es lo que dicen los papeles, los asesores, la señora con quien el gobernante habló en un acto oficial, los informes burocráticos

Se ha dicho que un buen estadista es el que, desde las condiciones reales combina los medios eficaces con los fines realizables. Una buena descripción, sin duda, en la que la clave de interpretación es, precisamente, la “realidad”. 

A la oposición política, aquí y en cualquier parte del mundo, le encanta invocar la realidad como principio legitimador de sus discursos antigubernamentales. Práctica que se agudiza cuando los que tienen el poder controlan, o intentan controlar, los medios de comunicación que, para el caso, sería mejor denominar medios de formación de la opinión pública. 

Es sabido que quienes gobiernan corren el peligro de pensar que la realidad es lo que dicen los papeles, los asesores, la señora con quien el gobernante habló en un acto oficial, los informes burocráticos, etc. Una realidad que, para decir lo menos, suele estar manipulada o deformada a favor de los intereses, recursos o ego del “jefe”. 

De allí que suene sensato que mientras los opositores sostienen que el gobierno hace su trabajo solo para sus seguidores, que se mueve en una realidad virtual creada por funcionarios y para burócratas; los que tienen el poder aleguen que todo lo malo habido y por haber, es una percepción, una deformación interesada por parte de quienes no comulgan con sus ideas. 

A la luz de lo dicho, tampoco resulta tan extraño que muchas de las batallas ideológicas que se están librando en América Latina, principalmente en países que gobiernan partidos y políticos con vocación totalitaria; más que combatirse en el ámbito académico, más que ocupar espacios de debate y lugares formales de opinión; se luchen simple y llanamente por controlar, censurar, maniatar y/o amordazar -o no-, los medios de comunicación-formación-de-opinión-pública. 

Hace unos años, en una visita a Quito, me llamó la atención las pintadas que lucían los muros en algunas calles y barrios de esa preciosa ciudad. Algunas eran verdaderas obras de arte plástica, otras eran simples insultos o declaraciones de amor; sin embargo, caí en la cuenta que un buen número eran de apoyo descarado al presidente Correa, y de denigración y difamación de sus opositores. Cuando pregunté a uno de los quiteños que me acompañaba, explicó que todos en la ciudad sabían que así como puede haber en los periódicos “plumas pagadas”, Correa tenía un batallón de “brochas pagadas” trabajando para él, su imagen y sus ideas, influyendo en la opinión pública, y creando –a su favor- una percepción de la realidad.

Tradicionalmente los conservadores han sostenido que la realidad es fija, inamovible, mientras que los progresistas sostienen que la realidad debe ser interpretada. Si los conservadores son de derecha, suelen apoyarse en conceptos como libertad, verdad y dignidad humana; y si los progresistas son de izquierda, su discurso se apoya en un análisis marxista de la realidad, y aplican sus categorías mentales para interpretar y amoldar las cosas a un discurso determinado. 

Pero ¿qué pasa si los conservadores son de izquierda, y los progresistas de derecha? Se invierten las tornas, tal como estamos viendo: la gente del gobierno, de izquierda, alega que vamos bien, que el país progresa, que la violencia es percepción y que vivimos en un país maravilloso; mientras, la oposición de derecha, arguye con datos y estadísticas que nos estamos yendo al garete. 

Mucho de esto hay en los intentos, incluso legales, de controlar y limitar la libertad de expresión en las redes sociales, esos modernos muros en los que los ciudadanos pueden pintar con rasgos fuertes no solo su percepción de las cosas, sino, en muchas ocasiones, también la realidad. No la de los que gobiernan, ni la de los opositores, sino la realidad real de cada uno. 

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare