Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

El poder de nuestro nombre

Ser salvadoreña y tener 17 años de edad suena bastante normal; ahora, decir "he vivido 17 años en El Salvador", tiene un peso muchísimo más grande. Pero, ¿cuál es la diferencia? A los 17 años todavía nos queda mucho por vivir, y mucho por experimentar. Sin embargo, decir que hemos vivido esa cantidad de tiempo en un país como el nuestro hace que parezcamos jóvenes con mucha experiencia y, lamentablemente, la mayoría de esa experiencia no es percibida como muy buena. Yo, tengo 17 años y entiendo muy bien la diferencia entre estos conceptos, pues es algo que mucha gente extranjera lo dice, y que muchos salvadoreños nos lo tomamos a pecho. Como lo he mencionado, yo estoy en una etapa de mi vida en la que se me abren puertas con muchísimos caminos que me pueden llevar a miles de lugares diferentes. A todos los jóvenes del país les sucede igualito que a mí, y todos vamos a ser responsables de todas las consecuencias, buenas o malas, que acompañen a nuestras decisiones.

A pesar de querer ir a estudiar afuera yo, personalmente, sueño con regresar a mi país, y venir a devolverle todo lo que me dio durante los primeros 17 años de mi vida. Sin embargo, a la hora de preguntarle a mis compañeros u otros amigos de diferentes colegios si a ellos les gustaría regresar a El Salvador, me entristece mucho escuchar la mayoría de sus respuestas: "¿Regresar? ¿Yo? ¿Y qué voy a venir a hacer aquí? ¿No ves lo mal que estamos? Apenas hay trabajo, cada día crece más la violencia…¿Por qué regresaría a un país que está sufriendo tanto, y que nos está haciendo sufrir tanto a nosotros?"

Hace unos días, mis papás tuvieron la oportunidad de conocer y platicar con Patrick y Nancy Latta, una pareja que luego de vender sus empresas y propiedades multimillonarias en Canadá, se mudó a Medjugore (Bosnia y Herzegovina) y construyó un edificio para albergar a sacerdotes sin ninguna remuneración. Ellos vinieron al país un par de días para dar testimonio sobre su conversión a la religión Católica y, en dicha ocasión, mi mamá aprovechó para preguntarle a Nancy que si estando aquí había podido percibir el gran sufrimiento por el que está pasando El Salvador y la gran cantidad de violencia que se está dando actualmente. Ante esta pregunta, Nancy respondió: "Recuerda que tu país se llama 'El Salvador'. ¿Te has puesto a pensar en eso? Tu país es el ÚNICO en el mundo que tiene el nombre de nuestro Señor, y eso les da una gran responsabilidad, ya que significa que no sólo están sufriendo por ustedes, sino también por el resto del mundo".

La respuesta de Nancy dejó muy impactados a mis papás y a los demás que estaban presentes, pues es una respuesta muy fuerte y requiere mucho coraje para admitir la realidad en ella. Y la realidad es que sí, estamos sufriendo y estamos sufriendo muchísimo… Por eso, es normal que al escuchar las palabras de Nancy pensemos: "¿Quién es ella para venir a decirnos que nuestros problemas no son culpa del gobierno, de la economía o de las maras? ¿Por qué deberíamos ser nosotros responsables de los demás?" Y aunque suene como lo más ilógico del mundo, la verdad es que lo que ella dijo tiene mucho sentido. Los problemas de El Salvador no son culpa del gobierno ni de la economía ni de las maras, es culpa nuestra, porque nosotros como salvadoreños, y más los salvadoreños jóvenes, no hemos decidido dar el todo por el todo para arreglar la situación. Todos ahorita tenemos la actitud de tirarle la pelota a otro: "si yo no lo hago, alguien más lo va a hacer; si no lo hace este gobierno, el próximo lo va a hacer; si yo no me quedo en El Salvador, alguien más se va a quedar". Sin embargo, no nos damos cuenta que si todos tenemos esa mentalidad, nadie va a dar el primer paso para arreglar las cosas y nada va a cambiar en el país. Por eso mismo, tenemos que comprenderque a pesar de que somos una nación chiquita y tenemos muchos problemas grandes, tenemos muchísimas más cosas buenas que tienen la capacidad y el potencial de ganarle al mal que, por ahorita, tiene el control del país.

Nancy hablaba de cómo nuestro país se está sacrificando por el resto del mundo, pero lo que ella nos dejó a nosotros para descubrir es que también nuestro país se está santificando a través de esta situación, ya que con este gran sacrificio viene asimismo una gran oportunidad: la oportunidad de salvar a todos. Sólo es cuestión de que nosotros, como salvadoreños, decidamos cómo vamos a manejar ese dolor y sacrificio que implica cambiar la realidad en la que vivimos. Hasta el momento nos hemos dejado vencer por ello, y en vez de ser un ejemplo para los demás y mantenernos levantados a pesar de todos los obstáculos, hemos permitido que la dificultad nos ahuyente, nos empuje al suelo y nos mantenga abajo. Ahora, ¿cómo vamos a salvar al mundo desde el suelo? ¿Cómo vamos a salvar al mundo si todos los jóvenes están huyendo de su Patria? Pues, la respuesta a ambas preguntas es muy simple: fe. Si los jóvenes tenemos fe de que vale la pena regresar para cambiar la realidad de nuestro país, y si el país tiene fe en que con su ejemplo puede cambiar al mundo, todos los salvadoreños nos vamos a convertir en personas invencibles. Muchas veces oímos que el salvadoreño es trabajador, luchador, necio... Pues entonces "pongámonos las pilas" y trabajemos juntos, luchemos contra la adversidad, y no permitamos que el mal siga tomando el control.

El mundo tiene fe en nosotros, Dios tiene fe en nosotros, ahora es tiempo de que tengamos un poco de fe en nosotros mismos también.

*Colaboradora de El Diario de Hoy.