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Un plan racional

¿Será que los salvadoreños hemos llegado a una especie de acostumbramiento a la ola delincuencial que abate a nuestro país, que escuchamos tantas noticias de crímenes que hemos perdido la capacidad de asombro y que hemos ido adquiriendo cierta insensibilidad a la cotidiana dosis de noticias trágicas que recibimos? Espero que no. Creo que no. Aunque es posible que hayamos desarrollado mecanismos de defensa que nos permiten llevar nuestra vida lo más normal posible y evitar que los sucesos nos afecten hasta el punto de alterar nuestro equilibrio mental, tengo la convicción que a la mayor parte de la población cada nuevo hecho de sangre, cada vida que se pierde, cada episodio de violencia sin sentido, le afecta de forma significativa. Tal vez no lo expresemos muy abiertamente, ya que tenemos la característica de ser estoicos y guardarnos los sentimientos, pero seguimos siendo una sociedad compasiva, de notable tendencia a formar lazos y de espíritu solidario. No olvidamos o vemos con indiferencia al policía asesinado, al adolescente encontrado muerto en una esquina o a la madre angustiada por su hijo desaparecido. Todo se va acumulando en nuestro subconsciente individual y en la memoria colectiva.

Aunque es una señal positiva que no hayamos llegado a acostumbrarnos a todas estas tragedias y que aún tengamos la suficiente empatía para ponernos en el lugar de las víctimas, existe también el riesgo de reacciones extremas. A la par del dolor por los que sufren se han ido formando sentimientos de frustración, de hartazgo y de irritación, cada vez más evidentes.

Desde un punto de vista general estos sentimientos son naturales, pues habría que tener un corazón de hielo o agua en lugar de sangre para no reaccionar con indignación ante la cadena de hechos conmovedores. Pero esta creciente acumulación de emociones podría conducir a errores. Podría, por ejemplo, hacer que se pierda la objetividad, dando lugar a que se actúe más con el hígado que con el cerebro. Si, guiados por impulsos emocionales, la actitud punitiva se llega a sobrevalorar, tomándola como la única forma de respuesta válida, podríamos incluso desvirtuarnos como sociedad. La conducta de la sociedad debe ser un parámetro, un punto de referencia para sus miembros. Si lo emocional predomina sobre lo racional, el punto de referencia desaparece y la diferencia entre los transgresores y los que pretenden arreglar el problema se atenúa.

Aunque es necesaria la acción punitiva, un enfoque unidimensional afectaría otras acciones esenciales. Podrían dejarse de lado los análisis para un diagnóstico preciso que indique el camino de intervenciones concretas y efectivas. Los programas preventivos, necesarios para evitar que nuevos grupos de jóvenes se integren a grupos criminales, podrían ser vistos como secundarios cuando en realidad son cruciales, pues no será al final eficaz una acción que saque de circulación a veinte criminales mientras otros cien se integran a los grupos.

Ningún plan tendrá buenos resultados si se hace en base a objetivos políticos y no a objetivos de nación. Un buen plan demanda de diagnósticos precisos y estrategias acordes, fuerte labor preventiva, análisis e investigación científica, uso de tecnología y coordinación interinstitucional efectiva. En fin, cosas que tal vez no den soluciones inmediatas pero que darán resultados con el tiempo.

Los salvadoreños merecemos algo mejor de lo que estamos viviendo. Un país en paz es posible, pero solo se hará realidad si se siguen los pasos correctos. La frustración es comprensible pero no debe nublar el entendimiento.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.