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Perfume de poder

El poder tiene un penetrante olor. El que lo tiene siente con satisfacción ese perfume que lo rodea. Sabe que todo lo que toca queda aromatizado con sus gotitas de poder: la pluma, el papel, la silla donde se sienta, la ropa que usa, la mano que aprieta, los labios que besa y el pecho que abraza.

El deseo de poder es parte de la naturaleza humana. El hombre quiere respeto, admiración, influir en los demás, trascender, mandar.

Pero no hay una sola persona totalmente idéntica a otra. Unos adquieren poder, otros no. De los que lo adquieren, unos acaparan un poquito; otros, un montón. Hay quienes hasta poder absoluto.

De los que tienen poder en demasía, hay quienes lo saben manejar razonablemente y otros que son un desastre. Los hay, claro, quienes acabando de conseguir un podercillo cualquiera (jefe de algún departamento, un puesto ejecutivo, director de alguna cosa) se vuelven locos, fatuos, imprudentes y arrogantes. Torpes.

A lo largo de mi vida ligada al mundo de las comunicaciones, en casi todas sus variantes, he conocido a gente muy poderosa. Conocí a comandantes que durante la guerra tenían un poder total sobre decisiones, dinero, territorios y vidas. Una señal o una decisión política de ellos podía afectar las vidas de miles o incluso causar un muerterío.

Eran vistos como personas fuera de serie. Sus ropas de guerra eran distintas. Sus fusiles también. Tenían custodios personales.

Los demás no sólo les obedecían, también les admiraban. Muchas de las mujeres los querían para sí. Y muchos del hombrerío silvestre fantaseaban con las mujeres perfumadas de poder en la guerrilla.

Pero cuando se firmó la paz, las razones que hacían poderosos a la mayoría de aquellos sujetos se acabaron. Y se acabó el poder.

Se acabó el perfume. Fue triste para ellos darse cuenta de que eran simples personas que tenían que trabajar en algo productivo para poder procurarse alimento, techo y vestido.

También he conocido a personas con mucho poder económico. He conversado con verdaderos magnates cuya educación, modestia y trato humano no dejan de sorprender. Se esfuerzan por pasar desapercibidos. Se inclinan por la sobriedad en los gustos y la conversación amena y directa. He conocido también a sujetos igual de ricos, desalmados, altivos, arrogantes, ignorantes, prepotentes. Generalmente son ostentosos, grandilocuentes y obvios.

A poderosos políticos, ya en tiempos de paz, también he conocido. En algunos de ellos, aun siendo de derecha, vi los mismos ritos de los comandantes de izquierda. No es la ideología lo que los identifica, sino el perfume del poder. Perfume que atrae, que genera genuflexiones, que convierte el antiguo gesto sincero del amigo en muecas de adulación, que empuja, al que no está acostumbrado, a la imprudencia y, al final, al vacío.

Perfume, sobre todo el del poder político, que genera intrigas, y que convierte en sospechosas fidelidades perrunas, antiguas y auténticas lealtades. ¿Quién de ellos está más cerca del poder? ¿Quién huele más a ese perfume? ¿Cómo hago, se pregunta el cortesano, para alejar aquel otro? ¿Qué me invento, dice, para caerle bien al más poderoso de todos? Y en esas divagaciones se pasan las noches de insomnios y las mañanas con el estómago crispado.

Todo por una gota del perfume de poder: para ganarla, para no perderla.

Los que acaban de adquirir poder político, suelen creer que las cosas no cambian, que no hay ciclos en la vida, que todo es inmutable. Y quieren que todo el mundo sepa del poder que tienen. Lo anuncian en sus grandes cadenas de oro, en aparatitos y cuchufletas de mal gusto, en su lenguaje lleno de imprudencias. No lucen como gente mala, sino como gente tonta.

En esta categoría están también los pequeños dictadores. Los que gozan haciendo sufrir a los que tienen la mala suerte de ser sus subalternos. O los que por el hecho de ostentar algún título profesional, creen poseer todos los conocimientos del mundo.

Lo que quizá no saben los que mal usan el poder, cualquiera sea su tamaño, es que ese perfume que por hoy embriaga puede ser mañana, por la imprudencia, un fétido olor del cual tengan que pasar avergonzándose toda la vida.

* Columnista de El Diario de Hoy. marvingalesp@hotmail.com