Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

El pequeño fraude de cada día

Esto que está pasando, me recuerda el viejo chiste del boxeador que estaba recibiendo una buena paliza. Entre round y round su manager lo envalentonaba: "dale, ya casi lo tenés, sólo te falta rematarlo, ánimo"; el hombre, confiado en su entrenador salía con ánimos renovados y después de los tres minutos de combate regresaba molido a su esquina, para volver a escuchar los mismos ánimos positivos. Al quinto asalto, y después de que recibiera una lluvia de golpes, se atrevió a preguntarle: "entonces, vos decís que voy ganando", a lo que recibió como respuesta un enfático "por supuesto". Entonces el buen hombre, con gran sentido común le dice: "vaya, entonces que vigilen al árbitro, porque a mí alguien me está acabando, y si no es mi contrincante…".

¿Qué lecciones se pueden sacar de que la mitad de los votantes del país se hayan inclinado por una opción, y la otra mitad por su contraria? ¿Qué podemos aprender de que muchos tienen certeza de que hubo "fraude de baja intensidad"? ¿Qué nos dice que los ganadores celebran como si su triunfo fuera definitivo, y los perdedores se lamentan como si su derrota fuera el fin de la política?

A decir verdad, personalmente no me extraña que pueda haber habido fraude en el proceso electoral. Y no uno, sino abundancia de muchos pequeños fraudes. La Real Academia lo define como "1. Acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete. 2. Acto tendente a eludir una disposición legal en perjuicio del Estado o de terceros. 3. Delito que comete el encargado de vigilar la ejecución de contratos públicos, o de algunos privados, confabulándose con la representación de los intereses opuestos".

Tengo para mí que el nueve de marzo no fue una excepción a lo que bastantes personas parecen estar habituadas: a considerar la ley sólo en su beneficio y obviarla cuando les perjudica, a irse por el camino más corto y fácil que no suele coincidir con el correcto, a dar gato por liebre y libras de catorce onzas.

Se ha puesto el grito en el cielo porque hubo gente que votó doble, se hizo trampa y no se dejó a muchos renovar su DUI, el TSE permitió que un lado hiciera propaganda de manera abrumadora e ilegal mientras maniató al otro, votaron los presos, se movilizó a los militares para que no lo hicieran, los mareros tomaron parte (y cómo no si se amenazaba con desaparecerlos del mapa), se trucaron actas y se impugnaron votos válidos, etc.

Supongamos que fuera verdad la mitad de las acusaciones. Es claro que todo eso no se hizo de la noche a la mañana. No fue que de repente la mitad de los salvadoreños se despertaron malvados y la otra mitad ingenuos. El fraude, el engaño y la trampa medran en una sociedad en la que la verdad no importa, el respeto es papel mojado, y la dignidad es sólo una palabra bonita útil para adornar discursos.

El fraude se incuba cuando el niño ve que su papá se salta las reglas de tráfico porque "se puede", el empleado sabe que el patrón defrauda al fisco y tolera, la mamá miente enfrente de sus hijos, y quizá contribuimos nosotros también, cuando preferimos comprar sin factura pues "sale más barato".

Esa es para mí una de las lecciones más importantes: si hay algo que cambiar no es la ley electoral, ni el papel de la Fiscalía. Tenemos que reflexionar cada uno y ver que los pequeños fraudes cotidianos, terminan por engendrar uno tan grande que para unos es insoportable y para otros es, sencillamente, invisible.

*Columnista de El Diario de Hoy.

carlos@mayora.org