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Pensando en la violencia

Cerramos un año violento. El pacto entre pandilleros se diluyó como había comenzado (con o sin mediación gubernamental, nunca se supo públicamente), y el hecho incuestionable es que la tasa de homicidios volvió a crecer a niveles que --si no mediara el desgraciado acostumbramiento-- ninguna sociedad que se precie podría soportar.

La violencia es un hecho tan antiguo como el ser humano. Y la reflexión sobre ella empezó desde el mismo momento en que el asesino vio sus manos ensangrentadas y recapacitó sobre lo que había hecho.

¿Es la violencia evitable? ¿Tiene orígenes instintivos, es condición ineluctable de la libertad? Se ha escrito muchísimo al respecto, y éste no es lugar para complicadas reflexiones, que no desbaratarían la triste realidad, pautada por más de una decena de asesinatos diarios.

Es verdad que la naturaleza misma es violenta, toda fuerza natural basa de algún modo su realidad en la violencia. La vida, los procesos naturales, tienen carácter de necesidad, lucha y supervivencia. No hay vida sin dolor, desde el nacimiento hasta la muerte. Sin embargo, la violencia específicamente humana añade a la violencia en la naturaleza un elemento peculiar y exclusivo: el mal. Porque el hombre es libre, y no hay maldad sin libertad.

En el caso de los seres humanos, la violencia aparece con unas notas peculiares: odio, crueldad, envidia, transgresión, y por ello añade siempre a la natural un carácter de ilegitimidad, de injusticia, principalmente contra quienes la sufren, pero también contra quienes la ejercen sobre sus semejantes.

La proliferación del crimen en el seno de una sociedad admite explicaciones psicológicas y biológicas, según las cuales la violencia y la compasión serían dos tendencias específicamente humanas que modelan nuestro psiquismo, y por esa vía nuestra conducta; pero también es cierto que no estamos biológica, ni sociológicamente determinados. Si así fuera, el asesino, el atracador, el agresor, no tendría responsabilidad de sus acciones. La violencia no sólo está engendrada por la necesidad, tiene unas raíces profundamente afincadas en la inseguridad interior, en el miedo y la zozobra.

En una sociedad plagada de personas inseguras, crispadas, temerosas, es consecuencia necesaria el comportamiento agresivo. Sólo la compasión, la solidaridad que ve en el semejante a otro yo, puede superar la espiral de la violencia. Ver en el prójimo al hermano puede ser fruto de convicciones religiosas, culturales, jurídicas o pragmáticas, pero éstas son cada vez más difíciles de alcanzar en un ambiente social en el que se conceptualiza a la persona como un mero dinamismo individual, independiente, autónomo, un súper hombre nietzscheano que busca por encima de cualquier realidad el resultado, "su" resultado.

La violencia que padecemos se engendra desde el mismo momento en que las personas crecen como las plantas silvestres, a merced de los elementos naturales y con el único recurso de su instinto para sobrevivir.

Por eso no nos extrañamos de que en una sociedad en la que los índices de disfuncionalidad de las familias (el lugar por excelencia donde se aprende a ser persona) son cada vez más altos, en la que se acepta sin poner en tela de juicio que el fin de la política sea sólo imponer las propias ideas, pasando por aplastar al que no piensa como uno; en la que el bien común termina siendo excusa para salirse con la de cada uno mediante la imposición de los mecanismos que favorecen los propios intereses… termine estando conformada por individuos agresivos (aunque vistan saco y corbata, o sean miembros de instituciones, cofradías o tribunales), que desprecian la vida humana, como si la dignidad de cada persona solamente fuera papel mojado, discursos fatuos negados por fuerzas ciegas inmisericordes y fatalmente necesarias.

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare