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PEMEX: pérdidas públicas, ganancias privadas

Se tiende a pensar que si un recurso es propiedad del Estado es mejor para todos los ciudadanos porque no le pertenece a uno en específico, y por eso mismo, nadie se aprovechará personalmente del recurso para enriquecerse. Sin embargo, cuando la propiedad está tan diluida, nadie tiene ningún interés en invertir en mejorías o en apropiarse riesgos. También es mentira que todos ganan igual a partir de un recurso que pertenece y explota el Estado, pues las decisiones importantes sobre el activo quedan concentradas en los burócratas de turno, y esto termina traduciéndose en pérdidas públicas y ganancias privadas.

Un ejemplo de lo anterior se da en México con PEMEX, la vaca sagrada de la industria petrolera, constitucionalmente propiedad estatal mexicana. La ineficacia de PEMEX en 2012 le costó a cada ciudadano mexicano 712 pesos. Las decisiones de riesgo todas fueron tomadas personalmente por burócratas, teniendo como resultado ineficiencia de los servicios y oportunidades de inversión perdidas. Las pérdidas sin embargo, no se concentraron en los tomadores de decisión sino que fueron amortiguadas por el contribuyente mexicano.

Con el incentivo de saber que el esquema actual de propiedad permite que las pérdidas se repartan entre ricos y pobres, los burócratas pueden darse el lujo de generar poca investigación y desarrollo, tolerar corrupción y permitir que su falta de infraestructura tenga como resultado el pago de las tarifas más altas en gas y gasolina en comparación a varios países productores.

Ojalá la ciudadanía y la clase política en México se dé cuenta que abrir el mercado y recibir inversión no implica vender a México. Que abrir las posibilidades de inversión no implica necesariamente una transferencia de propiedad y una fuga de ganancias sino un traspaso del riesgo y de pérdida a otros, generando incentivos para manejar el activo de manera más competitiva. A México le urge cambiar las reglas del juego si quieren continuar en el mapa energético a la vez que se suben al tren de las potencias económicas del mundo.

Mucho podrían aprender otros países de la disyuntiva que por el momento enfrenta el gobierno mexicano. Un problema que muchas empresas de economía pública en América Latina han enfrentado al momento de querer hacer una transición hacia la búsqueda de inversión privada es que muchos opositores a esta estrategia la califican como vender a la Patria, con la visión reduccionista de que la Patria es un conjunto de activos puestos juntos. Escudándose en un sentimentalismo corrupto disfrazado de patriotismo, pretenden ignorar que un título de propiedad tiene poca utilidad si no vuelve más ricos a todos sus dueños. Si a cada contribuyente, en su calidad de dueño de un activo público, se le pagara en servicios o reducción de impuestos, sería entendible la necedad de aferrarse a esquemas que obstaculizan la inversión privada. Pero cuando lo que se tiene es una dilución de riesgo y una pésima administración, la ineficiencia hace perder muchísimo dinero a los contribuyentes.

El mundo entero pone los ojos en México, pues sus reformas podrían permitir a otros participar en la inyección de capital a la empresa gubernamental, y por ende, transferir el riesgo al sector privado para que explore yacimientos novedosos y potencialice el desarrollo de la industria energética mexicana. ¡Qué mejor manera de promover la inclusión y deshacer monopolios que invitar a la empresa privada para que invierta en las industrias cuyo potencial ha sido ahogado por la mala administración!

*Lic. en Derecho.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg