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Peligrosa devaluación

El otro día Manuel Flores, exdiputado por el FMLN, nos sorprendió con el comentario de que los viajes que los diputados hacen, algunos en misiones de utilidad cuestionable, son su "derecho" como parlamentarios. Sólo a un inocente o a algún optimista de grueso calibre sorprendería el cinismo del comentario: los más escépticos simplemente lo agregamos a la lista de razones por las que urge dejar a varios diputados desempleados el próximo período. (Paréntesis comercial: #DesempleaATuDiputado - únase a la cruzada de la renovación).

Sin embargo, lo verdaderamente peligroso del comentario del exdiputado Flores no es sólo el cinismo al que ya nos acostumbraron los legisladores, sino la devaluación de la palabra derecho. Si bien es cierto que es el último alarido de la moda declarar que cualquier cosa es "derecho", hay que tener clarísimo que decirlo no lo convierte en tal. Que algo sea bueno, deseable o apetecible, no lo convierte en derecho.

Por esta extraña confusión de políticos y grupos de interés, es que terminamos con una "inflación" de derechos, todos ellos ambiguos y sin claridad sobre a quién le compete la otra cara de la moneda: la responsabilidad de garantizarlos. Y una declaración magnánima tras otra, nos ha dejado en el ámbito del derecho internacional con ridiculeces como derecho al acceso a Internet, a la cooperación internacional o a la recreación, todo ello sin pensar que para garantizar los anteriores, hay que obligatoriamente infringirle a alguien más sus derechos.

Ecuador posiblemente se llevaría el premio en esta competencia de lo absurdo, puesto que en 2008 se llegó incluso a debatir seriamente la incorporación constitucional del derecho al orgasmo femenino, pues una legisladora sostenía que era necesario garantizar la felicidad sexual de las ecuatorianas.

Y aunque lo anterior podría inspirar páginas enteras de periodismo satírico, la devaluación de los derechos es un tema gravísimo. Puesto en términos simples, entre más hay de una cosa, menos vale. Entre más cosas se declaran derechos, más se diluye la responsabilidad del Estado de tener que garantizarlos, convirtiéndose eventualmente los derechos en bienintencionadas aspiraciones.

Al proliferar la percepción de que cualquier cosa deseable es un derecho, se cae en el peligroso terreno de que, por la imposibilidad de garantizarlo todo, los gobernantes entonces pueden escoger cuáles garantizar y cuáles no, dando preferencia posiblemente a su "derecho a viajar" y resultando en un verdadero detrimento para los derechos fundamentales a la vida, la libertad y la propiedad privada; esos que tenemos precisamente por nuestra calidad de seres humanos y que tendríamos de igual manera así viviéramos en una isla desierta o en sociedad.

Esos que no hace falta quitarle nada a nadie para que se nos garanticen, y que constituyen la razón por la que se escriben constituciones y se eligen gobiernos. Esos, que se ven cada día devaluados, cuando políticos con mala intención o quizás por ignorancia, nos venden que cualquier cosa buena es un "derecho".

*Lic. en Derecho con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.

Columnista de El Diario de Hoy.

@crislopezg