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La pelea equivocada

Una batalla más importante, por  ejemplo, es la que se libra entre el abuso del poder y el ejercicio de la libertad. En la esquina del poder están todos aquellos que quieren utilizar la fuerza del Estado para ejercer coerción al individuo

El pasado dos de mayo gran parte del mundo se paralizó para presenciar el ampliamente denominado “evento del siglo”. El laureado boxeador estadounidense Floyd “Money” Mayweather Jr. se enfrentó en el cuadrilátero a su archirrival, el pugilista y congresista filipino Manny “Pac-Man” Pacquiao.

Previo al magno suceso, aficionados de todo el orbe tuvieron que aguantar peleas secundarias que, a decir verdad, fueron muy intensas y entretenidas. En fin, boxeo de calidad. Tras agotarse la agenda paralela, Money y Pac-Man ofrecieron un desempeño tibio, aburrido y cansino. El ánimo creado por el ampliamente difundido cartel se desinfló ante el peso de la realidad.

Políticamente, es en una circunstancia similar en la que nos encontramos en El Salvador y en nuestra región. Hemos estado viendo la pelea equivocada con ánimo, vítores y palomitas de maíz. Llevamos demasiados años llenando los graderíos de un decepcionante evento mientras al costado se están librando batallas impactantes y de suma relevancia. Solo que no las hemos querido ver, nos han convencido de lo contrario.

Basta ver la retórica del partido de gobierno o de su contraparte opositora, por ejemplo, para entender que en nuestro país la política se parece un poco a lo que sucede en un cuadrilátero. Las jornadas de discusión de principios, los debates y la concertación de ideas han sido sustituidas por la panfletaria descalificación de la contraparte. Es constante que en El Salvador convivamos con palabras como “rojo” u “oligarca”. Es hasta probable que las hayamos dicho en algún momento. Admítalo, estimado lector.

La confrontación de izquierdas y derechas se nos ha promocionado tanto como Money vs. Pac-Man. Nos han dicho que ese es el camino y nosotros lo aceptamos, es la batalla que estamos consumiendo, aceptando los preceptos siglo-veinteros de un mundo bipolar y dejándonos enamorar por la pobre retórica revanchista de aquel a quien admiramos, vista este de rojo, de tricolor o de cualquier otro color de nuestro arcoíris político. 

Pero la pelea democrática es mucho más compleja que eso. Si pone atención, estimado lector, podrá notar que las interacciones políticas salvadoreñas han trascendido al sempiterno cartel guerra “friísta”. 

Una batalla más importante, por  ejemplo, es la que se libra entre el abuso del poder y el ejercicio de la libertad. En la esquina del poder están todos aquellos que quieren utilizar la fuerza del Estado para ejercer coerción al individuo y le limitan su esfera de decisiones, aunque estas no tengan consecuencias en otros. Por un lado, los unos que resienten que el individuo sea libre de hacer con sus recursos lo que prefiera y por el otro, los que resienten que las personas tomen decisiones sobre cómo o con quién vivir sus vidas. Y en la esquina de la libertad, todos los que luchan por respetar la voluntad individual mientras esta sea pacífica.

Otra batalla importante es la del emprendimiento contra la tramitología y los privilegios. Los primeros, innovadores y disruptivos, generan nuevas ideas y mejoran la calidad de vida del resto de la sociedad. Por otro lado, la cultura de los beneficios creados, las “industrias estratégicas” y la búsqueda de rentas se ha prolongado por demasiadas décadas, auspiciadas por gobiernos de todos los colores (¿o no, queridos partidos?), que inflan la burocracia del Estado para desincentivar la competencia que afecte a sus más cercanos, acaso a sus financistas de campaña.

Si seguimos viendo la pelea equivocada, habremos gastado todos nuestros recursos y energías en un Pacquiao-Mayweather y nos habremos perdido de espectáculos como el enfrentamiento inmediatamente anterior entre Vasyl Lomachenko y Gamalier Rodríguez que, a decir verdad, fue una sesión de boxeo de muchísima calidad.

Asimismo, si seguimos enfocándonos en las confrontaciones políticas equivocadas, nuestras libertades seguirán secuestradas por todos los bandos del espectro, mientras torpemente los aplaudimos y nos compramos sus camisetas.

Afortunadamente, en algunas regiones de nuestro continente ya dejaron de disfrutar la película equivocada. Basta ver a nuestros hermanos argentinos y venezolanos para entender que lo que ahí se votó no fue una apuesta de izquierdas o derechas sino una opción que promete alejarse del poder autoritario y arbitrario. ¿Cuándo decidiremos los salvadoreños cambiar al canal adecuado y dejar de ver esta aburrida secuencia política?.

*Columnista de El Diario de Hoy.