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La pedagogía del aburrido

Esta semana, más de 80 mil estudiantes se han sometido a la Paes. Una prueba que originalmente fue concebida como indicador para medir la eficacia de las reformas educativas, pero que cada año parece haberse convertido más en un trámite que en un medidor de logros y aptitudes.

Es válido considerar que los estudiantes, los futuros bachilleres que rindieron la prueba, son en cierta manera un reflejo de la sociedad en la que viven, de la cultura que respiran, de nosotros en definitiva. Todos nos vemos un poco retratados en sus incapacidades y en su promesa de futuro, e incluso en su manera de aprender, que como pueden atestiguar los que se dedican profesionalmente a la educación, ha variado considerablemente en los últimos años.

Acostumbrados al entretenimiento continuo, a estar rodeados de pantallas que les distraen, informan y divierten, ahora resulta que nuestros bachilleres son incapaces de sentarse más de cuatro horas continuas para resolver la Paes, y debido a su tendencia al aburrimiento y su incapacidad de sostener la atención por períodos prolongados, se decidió programar dos días para el examen, en lugar de la jornada única como hasta ahora se había hecho.

A veces, cuando los profesores se dan cuenta del aburrimiento vital de sus alumnos, intentan combatir la "molesta" escuela haciéndola divertida, entretenida. Tratan de competir con los teléfonos inteligentes, la Internet y la ubicua música. Pero es un error.

Lo cierto es que no existe manera de aprender sin fatiga ni esfuerzo, pero de ahí a decir que la escuela, el aprendizaje, deban necesariamente ser aburridos, hay mucho trecho.

La alternativa a la escuela rutinaria y aburrida no es la enseñanza divertida, sino la escuela verdaderamente interesante. El interés es perfectamente compatible con el esfuerzo. En cambio, la diversión sin más, termina por hastiar, y quienes pretenden poner el entretenimiento en el puesto del interés, solo logran formar estudiantes ávidos de novedades, que como si el aula fuera una pista de circo, demandan que sus profesores se presenten en cada clase para sorprenderlos, fascinarlos y divertirlos.

Ya se sabe: los medios de comunicación están para entretener, y las tecnologías de la comunicación tienen para los adolescentes más funciones de diversión que de información; la presión social hace que la semana sea sábado y domingo y los demás días solo sean puente para llegar al fin de semana… Pero no podemos darnos por vencidos.

Copio de la carta de una estudiante a un profesor: "Tengo quince años, estudiaré primer año de bachillerato, y cuanto más se acerca el inicio de clases, más entro en crisis. No me malinterprete: tengo una enorme sed de aprender, mi curiosidad crece cada vez más. Pero, si por una parte mis ojos arden de deseos de descubrir cosas, por otra mis profesores, con una mirada fría e inexpresiva hablan con gran desinterés de sus asignaturas, sin amor por lo que hacen. ¿Cómo podemos hacer para mantener vivo el interés en una escuela donde nos enseñan sin pasión, en una escuela que solo es trámites y notas, notas y más notas? Tuve la suerte de asistir a la clase de un poeta; mientras hablaba de un autor y parafraseaba algunos de sus versos era imposible no quedar encantada, maravillada por cómo transformaba 'otro autor que había que estudiar' en 'esta poesía me habla a mí, me interpela'… A esto, a esto sí, se le puede llamar enseñar (y aprender)".

Entonces, la alternativa a una escuela aburrida no es una enseñanza divertida o fácil, sino una escuela que maraville. Pero si los que enseñamos estamos aburridos y apagados ¿de dónde sacarán los alumnos impulso para asombrarse y buscar el conocimiento?

*Columnista de El Diario de Hoy.

@carlosmayorare