Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

A mi Patria, en el mes de su independencia

Por tu bien, El Salvador, oro para que ese movimiento crezca y se fortifique, porque esos jóvenes idealistas nos contagien a todos y ejerzamos el poder que como pueblo nos corresponde

Querido El Salvador: 

Por la gracia de Dios, nací en tu ciudad capital, dentro de una familia ejemplar constituida por padres y hermanos santanecos, ahora fallecidos todos y que, hasta el final de sus días, supieron ser personas de honor, de trabajo, de valores cristianos y fuertes lazos familiares.

Crecí amándote, apreciando todo lo que tú significas y lo mucho que de ti he recibido: una nacionalidad, una Patria que, orgullosamente, puedo llamarla “mía”, donde formé un hogar, nacieron mis hijos y nietos, una tierra donde descansan mis seres queridos y donde yo misma espero recibir sepultura un día.

Me has proveído de historia, de raíces indígenas e hispánicas. Me insuflaste el lema que ondea en tu Bandera: Dios, Unión, Libertad. Soy fiel creyente en Dios, Único, Creador y Redentor. Nuestra fe es tan inmensa que tú, Patria, llevas Su Nombre: El Salvador. Aspiro a la unión de todos los salvadoreños bajo los mismos ideales: el bien de la Patria, igualdad de oportunidades, amor al estudio y al trabajo con excelencia, repudio a la mediocridad. Me infundiste tu espíritu libertario, profundo y ardiente como la lava que reverbera en las entrañas de tus volcanes; considero la libertad como un bien supremo que debe defenderse a diario y promuevo el valor sobre el cual se sustenta: la responsabilidad. 

Querido El Salvador, me dueles tanto, tanto. No mereces la situación en la que nosotros, tus hijos, te hemos colocado. Es imperativo que volvamos por la senda de la razón, que comprendamos que lo bueno cuesta, que el desarrollo solamente se alcanza con trabajo duro y constante. ¿Recuerdas cuando el mundo entero, con admiración, te llamaba “el Japón de Centro América”, cuando eras mencionado entre los países con mejores índices de producción, competitividad, combate a la pobreza, etc., cuando tenías un envidiable grado de inversión?

Yo lo recuerdo, con nostalgia y tristeza. ¿Qué sucedió? 

Nos convertimos de trabajadores en pordioseros, de honestos en sinvergüenzas, de personas de palabra a gente sin honor. ¿Por qué? Yo diría, querido El salvador, que se debe a que ya no te aman como debe amarse a la Patria. Por eso te ensucian, no solamente aventando basura a diestro y siniestro, sino embarrándote de corrupción.

Pero habrás notado que ya hay un número de ciudadanos que han tomado tu bandera con el afán y el objetivo de elevarla muy alto, a donde debe estar, donde los corruptos no puedan ensuciarla; escuchamos voces que te defienden, Patria, y te quieren nuevamente digna, limpia, honesta, trabajadora. Tengamos fe, Patria, en esos jóvenes profesionales que han dado la cara exigiendo transparencia, a quienes “los de siempre” los tildan de “areneros, oligarcas, burgueses” (y ¿qué tiene todo eso de malo?), por hacer uso del derecho a manifestarse pacíficamente, condenando la corrupción. 

Por tu bien, El Salvador, oro para que ese movimiento crezca y se fortifique, porque esos jóvenes idealistas nos contagien a todos y ejerzamos el poder que como pueblo nos corresponde, erradicando a los políticos corruptos y a sus corruptores. Así podremos aspirar a que el estado de derecho sea una realidad, lo que nos permitirá vivir nuevamente en paz, bajo el imperio de la Ley y la Justicia.

Que nuestro Patrono, el Divino Salvador del Mundo, te bendiga y proteja y tus hijos te honremos debidamente. Te amo, El Salvador.


*Columnista de El Diario de Hoy.