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Parecido a la vida

Goles en los últimos minutos, atajadas que desafían las leyes de la física, series de tiros de penal que hacen contener la respiración, elevan la presión arterial y hasta promueven meditaciones metafísicas sobre la fragilidad humana y el destino. Todo eso y más nos ha dado esta Copa Mundial de Fútbol, que ha sido, hasta para los que no son muy aficionados a este deporte, verdaderamente emocionante.

Muchos de los equipos favoritos se fueron en las primeras de cambio, mientras que otros, a los que se tenía como bocados fáciles, han dado lecciones de tenacidad y de carácter. David dándole la pedrada en la mera frente a Goliat, derribándolo, es algo inesperado; pero eso precisamente hace al fútbol tan apasionante, que nada está escrito.

Es éste un deporte en el que todos los aspectos generan intensas reacciones. Las decisiones de los árbitros, las actitudes de los entrenadores, los gestos de los jugadores. En pocos minutos la cuestión se vuelve personal y los ánimos se calientan. Ya no es un árbitro que tal vez vio mal una jugada y pitó de forma incorrecta; es un insulto a la inteligencia, una ofensa al honor, una afrenta a la decencia. La emoción todo lo magnifica.

Al ver un partido de fútbol, y especialmente cuando tiene las dimensiones de un campeonato mundial, todos nos convertimos en técnicos, aunque no tengamos idea de lo que es estrategia. "Analizamos" los partidos, los discutimos, aunque sea nuestra mascota la única que aguante escuchar nuestros acertados puntos de vista. Todos también nos convertimos en jueces, a pesar de que nos falte la primordial cualidad que debe tener un juez, que es la de ser imparcial. En el fútbol ser imparcial es imposible.

Si en el fútbol fuéramos neutrales, simples espectadores (como somos a veces, por ejemplo, en el atletismo), le quitaríamos su atractivo, pues su atractivo es que haga fluir la adrenalina. Si nuestro equipo favorito es descalificado, casi inmediatamente nos identificamos con otro, como si hubiésemos sido sus seguidores de toda la vida. La idea es ir con alguien, sentir que el pulso se acelera, y hasta sufrir un poco.

El fútbol es pasión, y eso es lo que buscamos. Y todos estos sentimientos nos dan la inestimable oportunidad de olvidar, aunque sea por un corto tiempo, los problemas cotidianos. Evadimos temporalmente la realidad del día a día y nos sumergimos en una realidad paralela, que es parecida a la vida. Desde el punto de vista mental estos períodos son beneficiosos, hasta indispensables. No cambiamos la tensión por la tranquilidad sino que sustituimos una tensión por otra, de diferente naturaleza. Pero al final de cuentas el cambio resulta terapéutico.

Algunos critican este apasionamiento considerándolo fuera de proporción e incluso como una forma alienada de comportamiento. Qué tenemos, dicen, que andar emocionándonos con los triunfos de países que ni conocemos y que ni nos conocen. Qué nos importa lo que pase a Alemania o a Brasil, si ni siquiera hablamos alemán o portugués. Son, concluyen, alegrías y tristezas ajenas que no deberían afectarnos. La respuesta a quienes miran esto mal y que resienten cualquier expresión emocional que surja espontáneamente, sin una razón específica, es simple. Porque la pasión nos hace sentir vivos y porque es algo intrínseco a nuestra especie el identificarnos emocionalmente con otros, aunque las razones no siempre estén bien definidas. La explicación no es, pues, difícil; se llama naturaleza humana.

*Médico psiquiatra.

Columnista de El Diario de Hoy.