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Para allá nos llevan

Se vuelve indispensable para el oficialismo que el Órgano Judicial también esté bajo su control, aunque para disfrazarlo se hable de “detener, revertir e impedir el uso, abuso y manipulación de las facultades de la Sala de lo Constitucional

Es tentador preguntarse qué habría sucedido en las elecciones presidenciales del año pasado si el FMLN hubiera celebrado un congreso para aprobar documentos tan trasnochados como los que han circulado por distintos medios en días recientes. Porque si revisamos las declaraciones de los entonces candidatos oficialistas, conceptos como “lucha de clases”, “derecha oligárquica”, “hegemonía de la izquierda”, “lucha contra el imperio”, “Estado propietario de empresas estratégicas”, y un largo etcétera, nunca se escaparon de sus labios. (Eso fue, claro, en días de campaña).

A nadie que esté medianamente familiarizado con el discurso histórico del Frente podrá extrañarle la crudeza con que el partido reafirma hoy su agenda política. Lo importante, sin embargo, es que los salvadoreños aprendamos a reconocer, a partir de sus propias palabras, qué quiere decirnos el oficialismo cuando nos habla de “democracia”, de “profundización de los cambios” y, sobre todo, de “socialismo salvadoreño”. Examinar esta terminología a la luz de tanto desfase ideológico es crucial para evitar futuros engaños propagandísticos.

El llamado Primer Congreso del FMLN, celebrado entre el 6 y el 8 de noviembre, subraya la necesidad de establecer una “hegemonía” del proyecto de izquierda. Esto no tendría nada de malo si esos “lineamientos para el trabajo del partido” —que así se titula uno de los documentos— fueran independientes de la enorme carga ideológica que les justifica. Pero siendo marxista y leninista el análisis, esa ideología termina imponiendo una retórica absolutista de causas y efectos, con motivos y consecuencias igualmente absolutistas.

Un ejemplo ilustrativo de esta lectura maniquea de la realidad lo encontramos en el punto 15 del citado escrito. Allí se afirma que los Acuerdos de Chapultepec dieron inicio a una etapa histórica con dos transiciones políticamente enfrentadas: “la transición democrática revolucionaria” y “la transición neoliberal” (sic). Tras este reductivo diagnóstico, ya de por sí discutible, el párrafo lanza otra sentencia taxativa: “Ambas son transiciones políticas y económicas, caracterizadas por la contradicción antagónica existente entre ellas, cuyo único desenlace posible es el triunfo absoluto de una sobre la otra”.

Por supuesto, además de declararse “irrenunciablemente comprometido con que ese desenlace sea el triunfo absoluto de la democracia revolucionaria sobre el neoliberalismo” (sic), el FMLN incluye entre los objetivos prioritarios de su programa la erradicación de ese neoliberalismo, resultado lógico de todas las premisas fijadas. Entonces, destruido el adversario, se posibilita la famosa “hegemonía”. No se trata, pues, como han querido matizar algunos voceros del Frente, de un proceso que pretenda respetar la pluralidad de ideas o el equilibrio de poderes, fundamentales en cualquier democracia, sino de legitimar la toma de las instituciones por parte del partido gobernante.

Esta es la razón por la cual se vuelve indispensable para el oficialismo que el Órgano Judicial también esté bajo su control, aunque para disfrazarlo se hable de “detener, revertir e impedir el uso, abuso y manipulación de las facultades de la Sala de lo Constitucional”. De hecho, en lugar de defender la independencia partidaria de los órganos del Estado, el FMLN llama a “identificar y contrarrestar las iniciativas jurídicas destinadas a coartar la libertad de las y los militantes de los partidos políticos de desempeñarse como miembros de la Corte Suprema de Justicia, el Tribunal Supremo Electoral, la Corte de Cuentas y el Consejo Nacional de la Judicatura” (punto 62). ¿Cómo calificar esta visión de “democrática” si en otro texto se afirma que “el equilibrio político —ojo: ¡el equilibrio político!— le dificulta al FMLN avanzar en la profundización de los cambios”?

Finalmente, en el documento que sirvió para debatir el programa y la estrategia partidista se lee: “Cada espacio que ganamos lo tomamos y en él ejercemos el poder del que disponemos. Los vietnamitas llaman a eso el ejercicio del derecho a ser dueños. Nuestros espacios de poder deben servir para continuar los cambios y fortalecer nuestra correlación de fuerzas”. Bien clarito el método. Más clara todavía la advertencia.
 

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.