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Un Papa jesuita de inspiración salesiana

Siempre he atribuido las virtudes de sencillez y sensibilidad social del Papa Francisco a su formación y trabajo jesuita, a su seguimiento del ejemplo de San Francisco de Asís, pero también ahora agrego otro factor: su educación e inspiración salesiana.

Un buen amigo me hizo llegar copia de un ejemplar de la Revista de Formación salesiana de Ecuador, que reproduce una carta de 1990 del padre Jorge Mario Bergoglio al padre Cayetano Bruno sobre el también sacerdote salesiano Enrico Pozzoli, quien bautizó al pequeño Jorge Mario el 25 de diciembre de 1936 y años después se convirtió en el mentor del ahora Pontífice.

Esta es una de dos cartas inéditas que el Vaticano acaba de revelar.

En la misiva, este Papa declarado Hombre del Año por la revista Time, dice que "no es raro que hable con cariño de los salesianos, pues mi familia se alimentó espiritualmente de los salesianos de San Carlos".

Allí aprendió a acompañar a la procesión de María Auxiliadora y "a pedir Su bendición", asistía al Oratorio de San Francisco de Sales y aprendió mucho de los padres bosconianos llegados de Italia, sobre todo su sistema preventivo y "un respeto y amor al Papa".

"Mi experiencia más fuerte con los salesianos fue en el año de 1949, cuando cursé como interno de sexto grado en el colegio Wilfrid Barón de los Santos Ángeles, en Ramos Mejía", reseña el Obispo de Roma.

Según el relato, "la vida del colegio era un 'todo'. Uno se sumergía en una trama de vida, preparada como para que no hubiera tiempo ocioso. El día pasaba como una flecha sin que uno tuviera tiempo de aburrirse", entre la misa sabatina, el desayuno, las clases, los recreos, las tareas y el mensaje de buenas noches del padre director. Dormirse rezando le daba sentido al día y a las cosas. Las horas de estudio en silencio ayudaban a la concentración. El deporte era fundamental.

"A uno le hacían vivir diversos aspectos ensamblados de la vida, y eso fue creando en mí una conciencia: conciencia no sólo moral sino también una especie de conciencia humana (social, lúdica, artística, etc.)… una cultura católica que nada tenía de 'beata' o 'despistada' ", dice el Papa Bergoglio, destacando que luego que "esa cultura católica es --a mi juicio-- lo mejor que he recibido en Ramos Mejía".

Allí aprendió, según expone, los valores sociales de la convivencia, las referencias sociales a los más necesitados, el deporte, la competencia, la piedad. "Recuerdo haber aprendido allí a privarme de cosas para darlas a la gente más pobre que yo", dice el ahora Papa.

Francisco recuerda varios factores: todo era real y todo formaba hábitos que, en su conjunto, plasmaban un modo de ser cultural; pero principalmente todas las cosas se hacían con un sentido y aprendió a buscar el sentido de las cosas (no había espacio para lo sin sentido), hasta la muerte.

En seguida relata que una conversación que tuvo el obispo salesiano Miguel Raspanti, en 1949, se convirtió en el punto de referencia de toda su vida respecto de la muerte. "Esa noche, sin sustos, sentí que algún día yo iba a morir y eso me pareció lo más natural". Pero ese trance tendría un sentido y en seguida recuerda el testimonio del padre Isidoro Holowaty, que falleció por una grave enfermedad, de la manera que un salesiano pudiera mejor morir: "ejercitando sus virtudes".

El ahora Papa recuerda que aprendió entonces a tener, no sensiblería, sino "sentimiento" como valor del corazón, a no tener miedo y a decirse a sí mismo lo que está sintiendo.

En cierto momento, el Papa cuestiona que se pierdan valores y raíces cristianas por contemporizar o acomodarse al mundo.

"No quiero ser simplista en esto, pero no dejo de preocuparme por el hecho de que --por hacer gestos radicales de inserción social-- se abandone la adhesión a Jesucristo vivo…".

El Pontífice relata que, ya siendo sacerdote, en 1976 trabajó en San Miguel y vio barriadas sin atención pastoral, por lo que comenzaron a atender a niños con el catecismo, juegos y esto llevó a edificar más iglesias y organizar a los niños de la zona.

Entonces lo acusaron de que "ese no era un apostolado propio de los jesuitas" y que él había "salesianizado" la formación. "Me acusan de ser un jesuita pro-salesiano", reseñó.

Francisco concluye que "si estos hombres que yo conocía en el Colegio --y con esta reflexión termino-- pudieron crear una cultura católica fue porque tenían fe… ni tiempo tenían para dormir la siesta… predicaban con la palabra, con sus vidas, con su trabajo".