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Panza muy llena, corazón enfermo

Lo que no me gusta, es que gran parte del cartón, en que despacha miles de donas, encuentra su cementerio en nuestras calles, aceras y tragantes

Si en el “Family Feud” cuestionaran a una familia de hermanos lejanos, sobre los seis alimentos favoritos entre los salvadoreños, sin duda, en el número uno, aparecería pupusas, seguido por tamales, yuca con pepeshca, pastelitos de chucho y cemita mieluda.

De repente, pitaría la odiosa X, y la sexta respuesta, con la que la familia joven al frente se llevaría $7,500, sería “donas”. 
Matías Delgado, ¡tranquilo!

Le guste o no le guste, las donas, caliche para “doughnuts”, se han colado en la privilegiada lista de nuestra comida típica. En sus tiempos, comían maíz todo mayo para celebrar la cosecha. Ahora, comemos docenas de donas, todo septiembre para celebrar la independencia por la que usted tanto luchó.

El 2 x 1 de Mister Donut. Una excelente estrategia de mercadeo para estimular las ventas en el mes de las vacas flacas que, con más de diez años de ser implementada, sin duda ahora es el mes de las cajas registradoras gordas.

Felicidades Mr. Donut, porque “you hit the nail”. “We salvadorians” somos adictos a los “Sales”. Si está en oferta, lo llevamos aunque no necesitemos; compramos el vino aunque bien sabemos que no es cierto que esté “al costo”; quedamos hipnotizados por lo inteligente que nos hace sentir aprovechar la ganga.

Felicidades también, porque ha logrado el ansiado orgasmo de toda marca: volverse parte del diálogo digital positivo, en su caso, con el volumen más alto, entre los 900 mil salvadoreños de 13 a 23 años, estudiantes, o en su primer chamba, que aman el “fast food”, y son especialistas en sacarnos una sonrisa con sus memes del 2 x 1, y hasta votar por la dona cuando hay elecciones.

Bien hecho; encontró un océano azul (yo diría verde), lejos del océano rojo en el que se desgarra su competencia. Mientras más pesaditas las bolsas, que manda a su banco con Sersaprosa, más trabajito para sus colaboradores, más impuestos, más harina y azúcar, más cajas de cartón, más publicidad.

Lo que no me gusta, es que gran parte del cartón, en que despacha miles de donas, encuentra su cementerio en nuestras calles, aceras y tragantes.

Lo que me preocupa es que las endorfinas que su oferta despiertan, nos hace tragar, dona tras dona, como náufragos, no importa que estemos recién “tipujados”. Se acelera la suma de calorías, y en vez de las 1,500 diarias que debemos consumir para calificar de figurita, fácil, nos hartamos el doble.

Un doble de calorías muertas que encuentran su cementerio en la bodega abdominal. De repente, con voz de angustia: “amorcito, no quepo en el jeans”. “¡Que hermoso estás!”, comenta la vecina, y a su marido le chambrea: “Ya viste que el vecino se va pa Chile, ¡pero pa chile relleno, ja, ja!”.

Ojo con el punto sin retorno. Cuanto más relleno esté el chile, más probable compremos pantalones nuevos en vez de hacer un esfuerzo por entrar en los viejos. Cuidadito se nos sube la presión, dispare el azúcar y nos califiquen de panz-e-bolo o de embarazados. Peligroso nos invade la hueva, perdemos productividad y gastamos, hasta lo que no tenemos, en la farmacia.

¡Hay esperanza! ¡Sí se puede derretir el cebo de nuestro cuerpo!

Hay miles de formas. He aquí las que predica Walter Mercado: “Vigila lo que comes, mastica, no tragues. Pero, sobre todo, mueve el esqueleto. Si caminas tan solo 25 minutos al día, compras hasta 7 años de vida. ¿Qué esperas?”.

“¡Otra, otra!”, gritan los panz-e-bolos y preñadas: No te comas más de una dona al día, no importa que estén al 2 x 1. 

 Escuchemos a Walter.

*Colaborador de El Diario de Hoy.
calinalfaro@gmail.com